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    El legado del Islam (en la Civilización del Islam)

    • Ricardo H. S. Elía
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    El legado del Islam (en la Civilización del Islam)
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    Civilización del Islam
    El legado del Islam
    Por: Ricardo H. S. Elía
    «El Islam es, dicho sin alifafes y sin ambages, con rotundidad, una de las
    grandes civilizaciones de la humanidad… Insistir en este punto no es sino
    recordar una realidad histórica incontrovertible, inmediata y plenamente
    demostrable» (El reto del Islam, p. 123)
    Pedro Martínez Montávez,
    arabista e islamólogo español.
    Cuando las tribus árabes, gracias al Islam, se congregaron en un Estado
    único, no tardaron en rebasar los límites de Arabia y, al cabo de unas décadas, se
    habían expandido por todo el Cercano Oriente y eran los herederos de la mitad del
    Imperio Romano y de la totalidad del Imperio Persa. En un principio, el Islam fue
    la enseña de los árabes en tanto dirigentes; pero los pueblos islamizados, antes
    seguidores de Zoroastro y Buda, abrazaron fervientemente el nuevo y dinámico
    credo aun a despecho, en ocasiones, de las objeciones de los árabes. Al-Andalus
    (España y Portugal), por ejemplo, fue desde 711 a 1492 una civilización islámica
    fundamentalmente de raza y carácter bereber.
    La desaparición de los Omeyas de Damasco y de su espíritu tribalista y
    sectario hacia 750, significó una renovada promesa y el mejor de los incentivos
    para los no árabes que habían adoptado la nueva fe. El Islam los unió a todos en un
    solo pueblo y otorgó a sus vidas una finalidad y única dirección.
    Los árabes aportaron a esta unión el sentido elevado de la misión; los
    iranios su cultura y sentido de la historia, los siríacos cristianos su versatilidad
    lingüística; los de Harrán su herencia helenística, y los hindúes su antiguo saber.
    Todos se mezclaron libremente, uniéndose en un fervoroso deseo de saber,
    experiencia que no volvería a repetirse luego de producida la decadencia de la
    civilización islámica, especialmente a partir de los finales del siglo XVII. Los
    iranios fueron particularmente favorecidos. Habían hecho mucho para establecer el
    Dar al-Islam; tenían una gran experiencia que ofrecer en el campo de la
    administración y de las finanzas de Estado; y consecuentemente ocuparon muchos
    de los puestos claves de gobierno.
    La uniformidad y cohesión de la Ley
    A partir de la caída del califato bagdadí en 1258, a la civilización islámica le
    fue dada entonces su unidad social, ya no mediante un Estado único y un solo

    idioma ¼puesto que el persa no tardó en convertirse en lengua cultural
    internacional (fue la lengua oficial de la India islámica desde el siglo XVI al XIX)
    que rivalizaba con el árabe, y otras varias lenguas adquirieron sucesivamente
    importancia local (como el suahili en el África central y oriental)¼, sino mediante
    un sistema único de leyes sagradas (Sharí’a). Estas leyes abarcaban todos los
    aspectos de la vida personal, desde la etiqueta, los rituales y creencias hasta las
    cláusulas de contratos o testamentos. Aunque la Sharí’a no se aplicó por igual, en
    todos sus puntos, a cada uno de los pueblos musulmanes, produjo una suficiente
    uniformidad, en lo esencial, como para que un musulmán de cualquier país
    pudiera gozar de los derechos de la ciudadanía en toda la extensión del Dar al-
    Islam, el ámbito o territorio bajo la égida musulmana.
    «En la unidad sustancial de la sharí’a, tanto unidad de normas concretas como
    unidad de espíritu que la informa, está el secreto de esa “uniformidad musulmana” en que
    tanto han insistido los viajeros europeos desde los montes Atlas hasta el Ganges,
    preguntándose a menudo con asombro cómo es eso posible, en vista de la ausencia en el
    Islam de cualquier autoridad central docente del tipo del papado católico» (Alessandro
    Bausani: El Islam y su cultura, FCE, México, 1988, p. 211).
    Un letrado del Marruecos como Ibn Battuta, en viaje para ver el mundo en
    el siglo XIV, podía llegar a ser cadí (juez islámico) en las remotas Islas Maldivas, en
    el Océano Indico, durante su residencia allí, con la misma facilidad que si se
    hallase en su Tánger natal, a miles de kilómetros de distancia.
    Un sabio judío como Benjamín de Tudela podía viajar de España hasta la
    India atravesando todo el Mundo Islámico en el siglo XII, sin necesidad de
    pasaporte o salvoconducto y recibiendo la asistencia y protección de su hermanos
    monoteístas musulmanes.
    Los musulmanes de los países más alejados unos de otros, chinos, persas,
    malayos, egipcios, andalusíes, turcos o nigerianos, durante su peregrinación anual
    a La Meca, solían reunirse y podían compartir sus preocupaciones. La cultura
    islámica, aunque variaba de un país a otro, mantenía, con ese intercambio
    relativamente fácil, una herencia común en todas formas. Así, el TaÀ Mahal, con su
    gracia exquisita, refleja las tradiciones de la India que difieren considerablemente
    de las de al-Andalus o del África del Norte; pero, como todo el mundo lo sabe, ese
    monumento fue construido por los musulmanes como cualquier santuario o
    mezquita de Estambul, Granada o Isfahán.
    El Islam es la vuelta a la ley natural, a la primitiva fe de los grandes profetas
    y patriarcas como Abraham y Noé, que fue abandonada paulatinamente tanto por
    los judíos como por los cristianos. La ley islámica suprime las austeridades y
    numerosas prohibiciones y penitencias impuestas por juristas inescrupulosos y
    desautorizados y declara su voluntad de condescender con las necesidades
    prácticas de la vida: «Facilita el camino, no lo hagas más áspero», «Dios no pide a
    los humanos más que lo que éstos pueden hacer», tales eran las recomendaciones
    que habitualmente daba el Profeta a sus compañeros y seguidores. La tendencia
    islámica va hacia el misticismo, pero no hacia el ascetismo. Desautoriza

    expresamente las exageraciones de austeridades que debilitan el cuerpo y anulan
    los instintos naturales del hombre. Exhorta al creyente a disfrutar de las cosas
    buenas que Dios ha creado, bien entendido que deberá observar la debida
    moderación y obedecer los preceptos de la revelación coránica, que no son
    numerosos ni muy estrictos.
    La ley islámica favorece todas las actividades prácticas y tiene en gran
    estima a la agricultura, al comercio y toda clase de trabajos; censura a aquellos que
    viven a costa de los demás, requiere a todos los hombres y mujeres para que se
    mantengan con el producto de su propio esfuerzo y no menosprecia ninguna clase
    de labor por la cual los seres humanos puedan independizarse de sus semejantes.
    Los jurisconsultos musulmanes enseñan que el precepto fundamental de la
    ley es la libertad. El orador y político romano Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.)
    decía: «Sed esclavos de la ley para ser libres». La ley islámica añade nuevos
    conceptos a este pensamiento. Partiendo de la libertad, como base fundamental de
    la ley, los juristas islámicos llegaron a una doble conclusión:
    1. La libertad está limitada por su propia naturaleza, porque la libertad
    ilimitada significaría la propia destrucción , y ese límite es la norma legal o ley.
    2. Ningún límite es arbitrario, puesto que está determinado por su propia
    utilidad, por el bien supremo del individuo o de la sociedad. La utilidad, que es el
    fundamento de la ley, tiene también su límite y su extensión.
    La libertad significa poder disponer de uno mismo. El hombre libre no tiene
    por superior más que a Dios, Unico al cual es debida obediencia. De aquí que no
    puede usarse la libertad a capricho, e incluso el espontáneo reconocimiento de
    esclavitud no está reconocido por la ley como válido. Con idéntico espíritu, la ley
    prohibe y el Islam castiga el suicidio.
    Por otra parte, teniendo en cuenta la utilidad social, la ley islámica es
    esencialmente progresiva. Por ser producto del idioma y de la lógica, constituye
    una ciencia. No es inmutable ni depende únicamente de la tradición. Las
    sociedades son organismos vivos y sufren incesantes mutaciones durante su
    existencia. Y las leyes se modifican y se amplían según los tiempos y los cambios
    que se producen.
    Siguiendo el precepto del Sagrado Corán y de la tradición profética, la ley
    islámica ignora el jus utendi et abutendi (el derecho absoluto de propiedad: ½de usar
    y abusar¾) de la ley romana, considera una forma de prodigalidad cualquier gasto
    de riqueza que no sea verdaderamente preciso y reputa el consumo inútil como un
    pecado. En su concepto, la prodigalidad y el derroche es una clase de enfermedad
    mental ¼como la ambición y la avaricia¼ que debe atajarse. El Islam insiste en la
    moderación para que se haga uso discreto de la riqueza en consonancia con la ley y
    con el fin para el cual Dios ha dado los bienes al género humano.
    La ley islámica es igual para todos y consiste esencialmente en la buena fe.
    Los musulmanes han de cumplir sus promesas con todos, sean musulmanes o no,
    creyentes o ateos, amigos o enemigos. «Se honrado con aquellos que tienen confianza en
    tu honradez»; «No traiciones a los que te han traicionado». Estas tradiciones y otras

    muchas atribuidas al Profeta, su Familia y descendencia purificada, se encuentran
    también entre las reglas de la ley musulmana. El Príncipe de los creyentes y cuarto
    califa del Islam, Alí Ibn Abi Talib, exhorta a practicar el siguiente postulado: «Da a
    tu enemigo tu justicia y tu imparcialidad».
    Pluralismo e integración
    La cultura que fomentó tales instituciones, flexibles y eficaces, era
    merecedora de ella. La sociedad islámica, en expansión sobre todas las
    encrucijadas del mundo, se encontró en la posibilidad de recoger su inspiración de
    las civilizaciones que habían florecido antes de su arribo. No fracasó en su obra.
    Por el contrario, se adueñó de las enseñanzas del pasado y las perfeccionó
    generalmente. La gloria no le venía al Islam tan sólo de su gran sencillez y
    tolerancia como religión en sí misma sino también de su literatura, principalmente
    de su poesía. La creación poética logró en el tiempo del Islam clásico su mayor
    florecimiento y variedad. La sutileza intraducible del verso arábigo y la delicadeza
    ágil e ingeniosa de los poetas persas fomentaron la eclosión de las letras en todos
    los lugares por donde pasó el Islam.
    Los esplendores de sus artes plásticas fueron aun más accesibles para los
    profanos. En la pintura y en la arquitectura islámicas se combinaron las tradiciones
    del Irán preislámico -contándose aun las de la época remota de la antigua
    Mesopotamia- y las del mundo grecolatino. Las preciosas miniaturas de Persia y de
    la India deben mucho de su gracia a una ulterior influencia china, mientras la
    arquitectura mostraba, aquí y allá, ejemplos de su herencia brahmánica o
    bizantina. Es en las obras arquitectónicas en donde destella la originalidad del arte
    islámico, en su fuerza y precisión, así como en su delicada armonía combinada con
    un orden firmemente establecido.
    «Ante la Mezquita de Córdoba o la Alhambra de Granada, ante la filosofía de
    Averroes, la presociología de Ibn Jaldún, el esplendor científico y tecnológico de Al-Andalus
    (por citar sólo ejemplos que pertenecen también al patrimonio hispánico con ellos
    compartido), cualquier árabe actual puede reaccionar de igual manera y experimentar
    pareja sensación de identificación. La memoria colectiva adquiere en este terreno
    protagonismo propio, es el vestido que cubre a todos de igual forma, con idéntica gala»
    (Pedro Martínez Montávez: El reto del islam. La larga crisis del mundo árabe
    contemporáneo. Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1997, pp. 124-125).
    La civilización swahili
    Un aspecto poco conocido por el público en general de la multifacética
    civilización del Islam, es la cultura que se desarrolló en la costa oriental del África
    (al sur del «Cuerno» somalí), entre los siglos VIII y XVI, conocida como cultura
    Zany o Zandj (del persa y árabe zany: «de los negros»). La historia comienza en
    695, cuando el caudillo shií Hamza de Omán llegó a la isla de Zanzíbar (zany bar
    significa en persa «costa de los negros») ¼en la actual Tanzania¼ con un grupo de
    partidarios. En 740 otros shiíes que huían de La Meca, luego de haber fracasado la

    revolución de Zaid Ibn Alí Ibn al-Husain Ibn Alí Abi Talib (699-740) ¼véase Fouad
    El-Khoury: Las revoluciones shi’íes en el Islam (660-750). O. cit., Cap. V, pp. 109-191¼,
    fundaron Muqdisho (Mogadiscio), capital de la Somalía de nuestos días. Hacia 834,
    shiíes vencidos en Basora (Basra, Irak), se instalaron en la isla de Socotra frente a
    Adén, y se convirtieron en prósperos comerciantes y audaces marinos.
    Sin embargo, la migración más decisiva sería la de 975, cuando Alí Ibn
    Sultan al-Hasan, príncipe de la ciudad persa de Shiraz, con un gran número de
    seguidores ¼perseguidos por su confesión shií¼ y siete navíos llegaron a la
    región y fundaron los puertos de Kilua o Kilwa (975) en Mozambique, Manisa o
    Mombasa (978) en Kenia, Sofala (980) en Mozambique, Pemba (980) en Tanzania,
    Malindi (990) y Lamu (1005) en Kenia y Mozambique (1080). Sus descendientes ¼y
    por extensión toda la población mestiza de la costa¼ se llamaron a sí mismos
    «shirazis», denominación genérica que se mantiene aun hoy.
    Cerca de Malindi, de donde partió la flota de Vasco de Gama en su etapa
    final a la India en 1498 guiada por Ibn Mayid (ver aparte), floreció una legendaria
    ciudad musulmana llamada Guedi ¼sus ruinas subsisten todavía¼ con hermosas
    mezquitas, palacios, casas de varias plantas, jardines y tumbas de estilo persa y
    una enorme muralla de seis metros de altura que la rodeaba enteramente.
    Tantos los árabes como los persas blancos se mezclaron totalmente con los
    pueblos somalíes y bantúes de la costa. El mestizaje entre poblaciones africanas y
    asiáticas bajo la bandera del Islam dio nacimiento a una lengua específica, el
    swahili (de sahil, plural de sawahil, la «costa» en árabe), escrita en caracteres árabes
    a partir del siglo XVI¼ con una base gramatical bantú y más del 40% de su léxico
    tomado del árabe y en parte del persa, daría comunidad cultural a todo el litoral
    entre Mogadiscio y Sofala, facilitando a sus poblaciones el acceso a la civilización
    islámica, y el conocimiento de los mercados adecuados para los productos
    regionales. En la actualidad, el swahili, escrito en alfabeto latino, es la lingua franca
    de todo el África oriental y se enseña en Kenia, Tanzania y Uganda.
    Así se estableció un activo intercambio directo con Arabia, Persia, India,
    Siam e incluso China. En 1415, por ejemplo, una embajada de Malindi regresó al
    Zany escoltada por la flota del primer almirante del imperio Ming, el musulmán
    Zheng He (ver aparte).
    «Cuando los portugueses llegaron al Zandj en camino hacia la India, en 1498,
    quedaron profundamente impresionados por el tamaño y la limpieza de la ciudades, la
    calidad de las casas y el lujoso buen gusto con que eran decoradas, también por la belleza y
    elegancia de las mujeres, que participaban de la vida social. Sin embargo, dado que su
    interés primordial era el comercio con la India y luego el monopolio del tráfico mercantil,
    los lusitanos vieron en las ciudades zandj temibles competidores que debían ser eliminados:
    en 1500 atacaron y destruyeron Mozambique, y continuaron su obra con tal saña que, en
    medio siglo, habían destruido todas las ciudades de la costa oriental. Su objetivo era
    transferir todo ese activo comercio hacia las factorías que crearon. Pero no sólo no lo
    consiguieron, sino que su presencia significó un enorme retroceso económico y cultural
    para los pueblos afectados» (Guía del Tercer Mundo 91/92 dirigida por Roberto

    Remo Bissio, Instituto del Tercer Mundo, Montevideo, 1991, p. 590).
    Las expediciones de los zany hacia el interior del continente negro para
    procurarse oro, marfil, hierro y maderas preciosas fueron conocidas como safaris
    (del árabe safar, ½viaje¾). La civilización musulmana swahili tuvo su último
    esplendor en el siglo XIX con dirigentes como Sa¿id ibn Sultán (1791-1856), sultán
    de Muscat, Omán y Zanzíbar, y el comerciante Muhammad bin Hamid llamado
    Tipu Tib (1837-1905).
    Véase W. Vincent: Commerce and navigation of the Ancient in the Indian
    Ocean, 2 vols. Londres, 1807; C. Bouvat: L¿Islam dans l¿Afrique nègre. la
    civilization swahili. Revue du Monde musulman, 2 (5-7-10-27), París, 1907; G.
    Hamilton: Princes of Zinj. The rulers of Zanzibar, 1796-1856, Londres, 1912; X.J.L.
    Duyvendak: China¿s discovery of Africa, Probsthain, Londres, 1949; G. Mathew:
    Islamic Merchants-Cities of East Africa, The Times, Londres, junio 26, 1951; U.
    Ingham: A history of East Africa, Longsman, Londres, 1962; G.S:P. Freeman-
    Granville: The East African Coast, Clarendom Press, Oxford, 1962; Roland Oliver y
    Anthony Atmore, Africa desde 1800, Edit. Francisco de Aguirre, Santiago de Chile,
    1977; Joseph Ki-Zerbo: Historia del Africa negra, dos vols., Vol 1: De los orígenes al
    siglo XIX, Alianza, Madrid, 1980, pp. 176-182 y 440-451.
    Sultanas de Malasia
    Desde fines del siglo XIII el archipiélago indonesio también conocido como
    Insulindia fue islamizado, no por las armas de conquistadores musulmanes persas
    o árabes sino por el atractivo de una fe igualitaria, simple y adaptable a las
    condiciones de la región, introducida por comerciantes musulmanes llegados
    desde lugares tan lejanos como Egipto.
    La islamización es acompañada por una fragmentación política del
    archipiélago (sultanatos independientes) que con el tiempo favorecerá la
    penetración de los colonialistas europeos. Estos se lanzarán como fieras
    hambrientas sobre las bellas y pacíficas islas buscando las preciadas especias que
    los propios mercaderes islámicos se han encargado de llevar a Europa.
    En 1345, Ibn Battuta (ver aparte) llegó a Sumatra y quedó deslumbrado con
    el panorama: «Es una isla lozana y verdeante, llena de cocoteros, arecas, claveros, agácolos
    indios, sagúes, árboles del pan, mangos, yambos, naranjos dulces y alcanfores» (Ibn
    Battuta: A través del Islam. O. cit., pp. 709-719).
    En 1511, Albuquerque se apodera de la estratégica Malaca (nombre tomado
    de un árbol local). Y en una rápida sucesión, caen Borneo (1511), Timor (1520) y las
    Molucas (1521). Durante el siglo XVII, se suman los holandeses a la acción
    depredadora portuguesa y atacan los grandes sultanatos de Mataram, Banten y
    Acheh.
    El sultán de Acheh, Iskandar Muda («Alejandro el grande»), ¼que vivió
    entre 1590 y 1536¼ fue un soberano ejemplar que hizo de Acheh (en el extremo
    norte de la isla de Sumatra) un centro de estudios islámicos. Iskandar Muda
    enfrentó decididamente la amenaza lusitana en Malaca, Johore y Patani (Cfr. H. J.

    De Graaf: De Regering von Sultan Agung vorst van Mataram 1613-1645, La Haya,
    1958; D. Lombard: Le Sultanat d’Atjéh au temps d’Iskandar Muda, 1607-1636,
    París, 1967).
    En 1629 atacó con todas sus fuerzas el enclave de Malaca. «El sultán de Acheh
    dirigía una fuerza sitiadora de 20.000 hombres, apoyada por 236 embarcaciones y artillería.
    Levantaron en torno a Malaca obras de sitio, tan bien hechas que, según un relato
    portugués, «ni siquiera los romanos hubieran hecho tales obras más sólidas o en menos
    tiempo». Pero esto no fue suficiente para lograr la victoria, el sultán acabó perdiendo 19.000
    hombres y sus dos principales generales, así como la mayor parte de sus barcos y cañones.
    Ese mismo año, el soberano de Mataram emprendió un asedio igualmente formidable contra
    el puerto fortificado holandés de Batavia (hoy Yakarta, ¼capital de Indonesia¼ en la
    isla de Java), al que muy correctamente el sultán consideraba la «espina en el pie de Java»
    que era preciso «arrancar, para que todo el cuerpo no peligrase». Las fuerzas del sultán,
    como las tropas de Acheh, consiguieron abrir trincheras al modo europeo pero no pudieron
    hacer mella en el enorme foso, el muro o los bastiones de la nueva colonia holandesa»
    (Geoffrey Parker: La revolución militar. Las innovaciones militares y el apogeo
    de Occidente 1500-1800, Crítica, Barcelona, 1990, pp. 168-169).
    El escritor, genealogista y periodista argentino de origen armenio Narciso
    Binayán Carmona nos ilustra sobre un aspecto casi desconocido de la historia de la
    Malasia musulmana: «En el siglo XVII durante cincuenta años, el sultanato de Acheh fue
    una curiosidad política dentro del mundo musulmán, ya que el trono fue ocupado
    sucesivamente por cuatro mujeres (1641-1699). Dentro del mundo musulmán, pero no de
    la región, ya que en la misma época al menos en otros cuatro sultanatos, entre ellos el de
    Pattani (hoy localizado al sur de Tailandia, sobre el mar del sur de China) —de muy
    incierto destino aun hoy— y el de Kelantan (al norte de la península malaca fronterizo
    con Tailandia) —que es uno de los Estados federados de Malasia—, hubo mujeres en el
    trono. La primera de estas sultanas de Acheh fue Safiyyatuddín Tay al-Alam (1641-1655),
    muy bien recordada como gobernante sabia y justa» (N. Binayán Carmona: La isla
    grande de las especias, Diario «La Nación», Buenos Aires. Lunes 3 de noviembre
    de 1997, p. 4).
    Las contribuciones a Occidente
    Los musulmanes demostraron ser eruditos ingeniosos y, particularmente,
    historiadores infatigables. No obstante, hay que mencionar de modo principal el
    florecimiento de sus ciencias naturales. La ciencia islámica heredó un inmenso
    volúmen de conocimientos de los griegos clásicos: filosofía y lógica de Platón y
    Aristóteles; matemáticas, astronomía y medicina de Euclides y Ptolomeo,
    Hipócrates y Galeno; música de Pitágoras y Aristoxéno de Tarento; botánica y
    farmacología de Dioscórides, y muchos otros más.
    A este patrimonio, los sabios del Islam sumaron gran parte de la herencia
    intelectual de los indios, con inclusión del empleo del cero. Acumularon luego una
    riqueza múltiple y nueva; observaciones astronómicas que les ayudaron a preparar
    el camino para la aceptación de la teoría de Copérnico, experimentos de alquimia

    que ensancharon el reino de la química, soluciones algebraicas, datos geográficos,
    problemas filosóficos, descubrimientos botánicos, técnicas médicas.
    La influencia del Islam en Occidente fue variada e inmensa. Del Islam la
    Europa cristiana recibió alimentos, bebidas, fármacos, medicamentos, armas,
    heráldica, temas y gustos artísticos, artículos y técnicas industriales y comerciales,
    costumbres y códigos marítimos y a menudo palabras para estas cosas: naranja,
    limón, azúcar, jarabe, sorbete, julepe, elixir, jarra, azul, arabesco, sofá, muselina,
    fustán, bazar, caravana, carmesí, tarifa, aduana, almacén, almirante, almíbar y mil
    más.
    Durante algunos siglos Europa sólo conoció el azúcar en estado de jarabe.
    Fueron los musulmanes quienes inventaron la técnica para cristalizarlo.
    El juego del ajedrez llegó a Europa procedente de la India (donde ya se
    jugaba hacia el siglo VI d.C) por la vía del Islam, tomando palabras persas en el
    camino; jaque mate viene del persa shah mat, «el rey ha muerto».
    Algunos de los instrumentos musicales llevan en su nombre la prueba de su
    origen árabe: laúd, rabel, guitarra, tambor, adufe. La poesía y música de los
    trovadores pasó de al-Andalus al sur de Francia y de la Sicilia musulmana a Italia.
    Las descripciones islámicas de viajes al cielo y al infierno contribuyeron a la
    formación de la Divina Comedia (cfr. Miguel Asín Palacios: La escatología
    musulmana en la Divina Comedia. Historia y crítica de una polémica, Hiperión,
    Madrid, 1984).
    La bóveda con nervios es más antigua en el Islam que en Europa, aunque no
    podemos señalar la ruta por la que llegó al arte gótico. La aguja y el campanario
    cristianos le deben mucho al alminar o minarete, y la tracería de la ventana gótica
    fue inspirada por los arcos apuntillados de la Giralda de Sevilla.
    Un arquitecto de la jerarquía del británico Christopher Wren (1632-1723)
    utilizó parámetros islámicos en sus múltiples construcciones, incluso en su obra
    maestra, la Catedral de San Pablo en Londres (cfr. Sir Thomas Arnold y Alfred
    Guillaume: El Legado del Islam, Ediciones Pegaso, Madrid, 1944, p. 229).
    El rejuvenecimiento del arte cerámico en Italia y Francia ha sido atribuído a
    la importación de alfareros musulmanes en el siglo XII y a las visitas de alfareros
    italianos a la España musulmana. Metalarios y vidrieros venecianos,
    encuadernadores italianos, armeros españoles, aprendieron sus técnicas de
    artesanos musulmanes; y casi en todas partes de Europa los tejedores esperaban
    obtener del Islam modelos y dibujos. Los venecianos descubrieron los secretos de
    la fabricación del vidrio en el mundo musulmán y los llevaron a la práctica en sus
    talleres de la isla de Murano. Así, Venecia mantuvo durante siglos un verdadero
    monopolio del vidrio de lujo.
    Las influencias del Islam hacia Occidente son innumerables: un millar de
    traducciones del árabe al latín; visitas de eruditos cristianos a al-Andalus, como los
    ingleses Alfredo de Sareshel, Adelardo de Bath (en 1130, luego de su regreso,
    tradujo en Inglaterra obras musulmanas), Roberto de Chester (vivió en España
    entre 1135 y 1180); los italianos Gerardo de Cremona (1114-1187), Platón Tiburtino

    de Tívoli (vivió en España entre 1134-1145) o Eugenio de Palermo (1130-1202); y
    otros cuyo nombre denuncia su procedencia, Miguel Escoto (1175-1236), Hermann
    von Kärnten, llamado «de Carintia» y «el Dálmata», o el arzobispo flamenco
    Wilhelm von Moerbeke (1215-1286); y el envío de jóvenes cristianos por sus padres
    españoles o italianos a las Cortes musulmanas para que recibieran educación
    caballeresca.
    Cada avance de los cristianos en España dejaba entrar una ola de literatura,
    ciencia, filosofía y arte islámicos en la Cristiandad. Así la captura de Toledo en
    1085 hizo adelantar inmensamente los conocimientos de los cristianos en
    astronomía y mantuvo viva la doctrina de la esfericidad de la tierra (cfr. Olga Pérez
    Monzón y Enrique Rodríguez-Picavea, Toledo y las tres culturas, Akal, Madrid,
    1995; Louis Cardaillac: Tolède XIIº-XIIIº. Musulmans, chrétiens et juifs: le savoir
    et la tolérance, Autrement, París, 1996.).
    Con todo lo dicho queremos enfatizar principalmente a través de este
    trabajo, que el criterio amplio y pluralista y la personalidad talentosa e idónea de
    los polígrafos de la Edad de Oro del Islam puede ser un muy buen parámetro para
    aquellos musulmanes que tropiezan con el reto que significa para ellos la
    modernidad occidental y para los que en el Occidente tienen todavía que encontrar
    el fundamento de la armonía entre los valores científicos y espirituales.
    ¿Choque de civilizaciones o diálogo entre Oriente y Occidente?
    El convencimiento de que todo lo occidental es también universal
    permanece encastillado en muchas mentes. Los occidentales tienden con excesiva
    frecuencia a contemplarse como los portadores de la universalidad y superioridad
    de una civilización que consideran única, y esta absurda visión de norteamericanos
    y europeos constituye una amenaza constante para todos los seres humanos, pues
    desde tal perpectiva son considerados irrelevantes y erróneas las tradiciones
    culturales y sociales de otros pueblos.
    Dice el sinólogo inglés Joseph Needham (Londres, 1900-?): «Muchas gentes de
    Europa occidental y América europea sufren lo que podríamos llamar orgullo espiritual.
    Están firmemente convencidas de que su propia forma de civilización es la única universal.
    Profundamente ignorantes de las concepciones y tradiciones intelectuales y sociales de otros
    pueblos, consideran muy natural imponerles sus ideas y costumbres, tanto sobre la ley
    como sobre la sociedad democrática o las instituciones políticas. Sin embargo, propagan una
    cultura un tanto contradictoria, puesto que Europa no ha logrado nunca reconciliar lo
    material y lo espiritual, lo racional y lo romántico. Y su modo de vida tiende a corroer y
    destruir las peculiaridades de las culturas vecinas, algunas de las cuales pueden encarnar
    valores más sanos… La civilización cristiana demuestra hoy tan poca humildad cristiana
    como en tiempos de las Cruzadas, cuando la civilización del Islam era, sin embargo,
    superior en su conjunto a la de Europa… Europa se vanagloria de los viajes de exploración
    de Colón y otros navegantes. Europa no se preocupa tanto de investigar las invenciones que
    los posibilitaron; la brújula y el codaste de China, los mástiles múltiples de India e
    Indonesia, la vela latina de mesana de los marineros del Islam» (Joseph Needham:

    Dentro de los cuatro mares. Diálogo entre oriente y Occidente, Siglo XXI,
    Madrid, 1975).
    En los umbrales del siglo XXI, personajes como el profesor de Harvard
    Samuel P. Huntington, discípulo de Henry Kissinger y defensor a ultranza del
    «Nuevo Orden Mundial» como Alvin Toffler (½La tercera ola¾) y Francis
    Fukuyama (½El fin de la historia¾), proclaman a los cuatro vientos «la guerra que se
    viene» y advierten a los «desprevenidos» sobre «el peligro fundamentalista
    musulmán» (cfr. S.P. Huntington: El choque de civilizaciones y la
    reconfiguración del orden mundial, Paidós, Buenos Aires, 1997) con un estilo que
    hace recordar al de Urbano II (1042-1099), cuando este pontífice franco en el
    concilio de Clermont (1095) arengaba así a los futuros cruzados: «Emprended el
    camino a Jerusalén y arrebatad esa tierra a la raza perversa y estableced allí vuestro
    dominio» (cfr. F. Ogg: Source of Medieval History, Nueva York, 1907, pp. 282-288).
    Véase el estudio de Jean Delumeau sobre la satanización de «la amenaza
    musulmana»: El miedo de Occidente, Madrid, 1989.
    En las antípodas de este pensamiento, el dos veces presidente de la
    República Islámica del Irán, Seied Muhammad Jatamí, ha dicho: «Las puertas deben
    estar abiertas al diálogo entre civilizaciones y culturas» (½Mensaje al pueblo
    norteamericano¾, entrevista de la CNN, 7/1/98).
    La reflexión de Toynbee
    Los más eminentes pensadores de Occidente que han investigado el Islam y
    se han familiarizado con su civilización y cultura nunca han optado por la vía de la
    descalificación, sino todo lo contrario. Un historiador de la talla del británico
    Arnold Toynbee (1889-1975) emite el siguiente juicio: «Ser prisionero de la época y del
    medio es parte de las limitaciones humanas. El ser humano tiene raíces como los árboles, y
    aunque éstas sean de tipo intelectual o emocional, lo traban. De cualquier modo, la
    naturaleza humana se rebela contra sus límites e intenta sobrepasarlos… El oficio del
    historiador es el de moverse libremente en el tiempo y en el espacio. ¡Cómo nos aburrimos
    con nuestra propia civilización!… Una mirada al compendio de Historia Moderna y
    Medieval de Oxford bastaba para hastiarme. Pero la historia del Islam, la del Budismo, me
    abría mundos fascinantes. La civilización occidental contemporánea me aburre, no porque
    sea occidental sino porque es la mía y soy historiador… el Occidente contemporáneo me
    hastía inevitablemente. Me aprisiona entre sus engranajes. Me impide regresar al tiempo
    anterior a la máquina e instalarme en Rusia, en Dar-el-Islam, en el mundo hindú, en Asia
    Oriental. Mi ineluctable occidentalismo me impide aclimatarme culturalmente en cualquier
    otra civilización contemporánea… De todos modos, tengo una razón más trascendente que
    cualquiera de las mencionadas hasta aquí para detestar a Occidente. Ha producido a Hitler,
    Mussolini y McCarthy. Estas monstruosidades occidentales hacen que me sienta
    amenazado en tanto occidental… Además de los crímenes del Occidente contemporáneo, hay
    otras manchas en la vida occidental que me repugnan… Occidente no tiene piedad por los
    ancianos. Es, según creo, la primera civilización en la cual los ancianos no han tenido
    automáticamente un lugar en la casa de sus hijos adultos. Mirando esta insensibilidad

    occidental con ojos desoccidentalizados la encuentro profundamente ofensiva. Repruebo
    también la publicidad occidental. Ha convertido en un arte la explotación de la tontería
    humana. Gracias a ella estómagos saciados embuchan bienes materiales que no necesitan
    mientras dos terceras partes de la humanidad carecen de los elementos imprescindibles para
    vivir. Es un aspecto horrible de la sociedad de la abundacia; y si se me dice que este es el
    precio de la abundancia contesto que es un precio demasiado alto» (Arnold Toynbee: Me
    duele Occidente ¼extraído de The Edge of Awareness¼, Nuevo Planeta,
    Sudamericana, Buenos Aires, Septiembre/Octubre, 1970, pp. 33-37).
    Como hemos visto, a lo largo de cada una de las entradas del presente
    trabajo, el Islam, desde un primer momento, fue un agente universalizante,
    historizante y mediador entre todas las civilizaciones, culturas, religiones y
    pueblos, sumando y no restando, integrando a todos sin segregar o discriminar a
    ninguno.
    Pero, «…un buen día Occidente se despegó del pelotón de sus homólogos para
    echarse a correr, agotándose y agotando a sus compañeros. Pero, en esta carrera tan poco
    deportiva, la insólita regla del juego permite al que se escapa asfixiar a su adversario, que
    los rezagados sean aplastados. El retraso de los otros es el contrasentido de la loca carrera de
    un Occidente que ha elegido el ritmo, el terreno, el objetivo… El sufrimiento interior de
    Occidente proviene de que su modernidad ha devorado a su cultura… En Occidente, en un
    mundo de donde Dios fue expulsado, el conflicto entre cultura y modernidad ha alienado al
    hombre. Japón, que durante mucho tiempo intentó preservar la parte más íntima de su ser,
    asiste hoy al espectáculo de su cultura saqueada. Hoy se habla más que nunca de
    confrontación de civilizaciones: en realidad las civilizaciones sólo se enfrentan cuando
    coexisten, en una sociedad dada, grupos raciales heterogéneos. En el plano de la violencia
    histórica, sólo se enfrentan los poderes y por el poder: la destructiva historia de una Europa
    unida por la civilización esta ahí para demostrarlo. La dialéctica del poder seguirá
    existiendo, en cualquier parte, disfrazada o a cara descubierta. No obstante, en la esfera en
    que nos movemos, lo que se desprende no es la confrontación de las civilizaciones entre sí
    sino la de cada una de ellas con la modernidad. Y si hay una solidaridad en la que se pueda
    fundamentar una ambición verdaderamente universal, esa es la de las culturas,
    comprendida la de Occidente, contra aquello que las niega a todas: una modernidad no
    controlada. En este contexto, el Islam podrá renovar su mensaje sublime» (Hichem Djaït:
    Europa y el Islam, Libertarias/al-Quibla, Madrid, 1990, pp. 241 a 243).
    La tarea pendiente
    Una cantidad incalculable de verdaderos tesoros de la civilización islámica
    aguardan ser descubiertos. Sólo en Estambul hay más de ochenta bibliotecasmezquitas
    que contienen decenas de millares de manuscritos. En El Cairo,
    Damasco, Mosul y Bagdad, así como en Irán, la India y Pakistán, se encuentran
    otras colecciones. Muy pocas han llegado a catalogarse, pero muchas menos han
    sido estudiadas o publicadas. Incluso el catálogo de manuscritos árabes de la
    Biblioteca de El Escorial, que contiene gran parte de la ciencia islámica de
    Occidente, no se halla todavía completo, a pesar de los años transcurridos y la gran

    cantidad y calidad de los islamólogos españoles.
    Esta humilde relación de portentos de la civilización del Islam nos muestra
    de alguna manera la gran tarea pendiente: intentar dar una noción general de la
    obra artística, científica y filosófica del Islam tanto al neófito como al intelectual,
    que erradique prejuicios y fantasías y nos acerque a todos a la verdad histórica y
    objetiva de una cultura que es patrimonio de toda la humanidad.
    Los que desconocían la temática se sorprenderán de la longitud de estos
    comentarios sobre la Civilización del Islam, y el erudito o el académico se
    lamentará de su brevedad y carencias. Sólo nos resta evocar las palabras del poeta
    arabo-persa Abu Nuwás (762-810):
    «Di a quien pretenda una ciencia enciclopédica:
    Sabes algo, pero muchas cosas se te escapan».
    Nos refugiamos en Dios Todopoderoso, Único y Graciabilísimo, Fuente de
    toda Sabiduría, Verdad y Justicia. Alabado sea el Señor de los Universos. No hay
    poder ni fuerza excepto la de Dios, el Altísimo, el Majestuoso.
    Del libro CIVILIZACION DEL ISLAM

    fuente:www.islamoriente.com