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    Jardines, agronomía y botánica (en la Civilización del Islam)

    • Ricardo H. S. Elía
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    Jardines, agronomía y botánica (en la Civilización del Islam)
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    Civilización del Islam
    Jardines, agronomía y botánica
    Por: Ricardo H. S. Elía
    «¡Oh habitantes de al-Ándalus, qué felicidad la vuestra al tener sombras,
    ríos y árboles! El Jardín de la Felicidad Eterna no está fuera, sino en
    vuestro territorio; si pudiera elegir es este lugar el que escogería. No
    creáis que mañana entraréis en el Infierno;
    ¡no se entra en el Infierno después de haber estado en el Paraíso!».
    Ibn Jafawa de Alcira
    El origen más remoto de los jardines musulmanes hay que rastrearlo en
    Oriente y se basa en la idea del Paraíso Terrenal que hablan todas las cosmogonías
    antiguas y está descrita en la Biblia:
    «Plantó Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí puso al hombre a quien formara.
    Hizo brotar en él de la tierra toda clase de árboles hermosos a la vista y sabrosos al paladar,
    y en el medio del jardín el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Salía
    del Edén un río que regaba el jardín y de allí se partía en cuatro brazos. El primero se
    llamaba Pisón.. el segundo se llamaba Guijón… el tercero Tigris… el cuarto Eufrates»
    (Génesis 2, 8 a 14).
    La predilección musulmana por los jardines, tiene su origen en el Jardín-
    Paraíso descripto en el Corán que es, ante todo, la suprema e infinita promesa de
    felicidad a los que hacen el bien y vedan el mal: «Quienes obedezcan a Dios y a Su
    Enviado, El les introducirá en Jardines debajo de los cuales fluyen ríos, en los que estarán
    eternamente» (Corán: Sura 4, Aleya 13).
    Numerosos pasajes del Libro por excelencia del Islam evocan este lugar
    delicioso con una imagen tan precisa que ésta llegó a ser fuente de inspiración para
    los creadores de jardines.
    En el seno de un cercado protegido de los vientos del desierto, el agua de los
    Cuatro Ríos del Paraíso discurre por canales entre parterres con árboles cargados
    de frutos y poblados de pájaros, mientras unas huríes acogen en sus pabellones a
    los bienaventurados para toda una eternidad de delicias.
    «A los que creen y hacen buenas obras, les haremos entrar en jardines, bajo los
    cuales corren ríos, donde morarán eternamente; tendrán en ellos esposas purificadas y les
    haremos disfrutar de una densa sombra» (Sura 4, Aleya 57).
    «Los que temen a su Señor tendrán, junto a su Señor, los Jardines de la Delicia»
    (Sura 68, Aleya 34).
    También las siguientes aleyas coránicas se expresan en el mismo sentido: 38-
    52, 44-54, 52-20, 55-72, 56-22 y 78-33:
    El jardín, paraíso y recuerdo del primigenio oasis del desierto, ocupa por

    tanto un lugar privilegiado en el imaginario musulmán. La catedrática María Jesús
    Rubiera Mata de la Universidad de Alicante desarrolla en su obra esta perspectiva:
    «El oasis debe ser el principio del jardín árabe, el oasis, que ofrece al beduino el placer
    estético del claroscuro, al presentarse como una mancha negra en el luminoso horizonte, y
    luego, cuando se acoge bajo sus palmeras colmará el resto de sus sentidos con la frescura de
    su sombra, con el agua de su manantial, recogida en una charca tranquila como un espejo, o
    sonora y fluyente en riachuelos o en rudimentarias acequias que nacen de su fuente. El
    Profeta del Islam trascenderá estas sensaciones y mientras los persas habían hecho de sus
    jardines, paraísos, los árabes harán del Paraíso un jardín» (María Jesús Rubiera Mata: La
    arquitectura en la literatura árabe, Ediciones Hiperión, Madrid, 1988, p. 79).
    Árboles, sombra y agua componen un jardín persa. Para ese pueblo, el
    Paraíso habla de flores y jardines. Precisamente, la palabra »paraíso¼ por
    mediación del griego paradisos, procede de Persia, donde figura en el Avesta bajo la
    forma pairi (¾circular¿) daéza (¾pared¿ o ¾muro¿).
    El persa moderno (farsí), arabizado, tiene la equivalencia a través del
    término firdaus.
    En el Corán la morada de los justos se denomina al-yanna, en árabe.
    También se la denomina yannat ¿adn »el Jardín del Edén¼, o yannat an-naÀim »el
    Jardín de las Delicias¼.
    Esto era de esperarse, puesto que el paraíso muslímico, revelado por el
    Corán es una promesa de jardines en flor: «No oirán allí frivolidades ni reproches de
    pecado, sino una palabra: ¡Paz! ¡Paz! Y los bienaventurado se alojarán allí, entre los tallos
    de lotos, bajo árboles de mawz recubiertos de flores» (Sura 56, Aleya 25).
    El famoso jesuita zaragozano Miguel Asín Palacios (1871-1944), islamólogo
    y arabista, a propósito de la tradición monoteísta de los Cuatro Ríos, cita un pasaje
    del texto del MiÀray (cfr. Tafsir de Jazin, III. 145 y ss., Muhammad Effendi Mustafá
    Editor, El Cairo, 1318 de la Hégira) en la que el Profeta Muhammad dice: «Y he aquí
    que había cuatro ríos, dos ocultos y dos exteriores. Dije: ½¼¡Oh Gabriel! ¿Qué son estos
    ríos?¾. Respondió: ½¼Los ocultos son dos ríos del cielo, y los exteriores, el Nilo y el
    Eufrates¾» (Miguel Asín Palacios: La escatología musulmana en la Divina
    Comedia, seguida de Historia y crítica de una polémica, Ediciones Hiperión,
    Madrid, 1984, pág 431).
    El jardín musulmán se inscribió principalmente en la tradición que procedía
    de la Persia sasánida. Los más bellos jardines de los primeros siglos de la Hégira
    (siglos VII a IX en Occidente) se lograron en el Irán islámico.
    De este período son dignos de mención los jardines omeyas, en los que se
    incorporaron rasgos de la tradición de los parques reales helenísticos, a su vez
    inspirados en los jardines persas, aunque con una particular disposición de los
    elementos arquitectónicos (pórticos, paseos, peristilos).
    Así, en Yirbat (¾Ruinas¿) al-Mafyar, en Palestina, en la primera mitad del
    siglo VIII, explanadas y patios de armas se adicionaron al patio con peristilo
    situado en el interior del castillo.
    Este tipo de disposición prefiguró la evolución de los jardines de producción omeya, que dieron paso a los grandiosos parques de las residencias
    abbasíes.
    Estos se inscribieron directamente en la filiación de los jardines sasánidas,
    de los que recuperaron la amplitud y la rigurosa disposición geométrica.
    Y al igual que sus modelos sasánidas, eran empleados para las cacerías
    reales y acogían las paradas militares y las recepciones privadas y oficiales. En
    ellos se practicaba también la equitación y el polo.
    El parque del palacio Yaushaq al-Jaqani, por ejemplo, situado en Samarra
    (Irak), del siglo IX, se extendía sobre una inmensa explanada florida y plantada de
    árboles, en las que se intercalaban acequias, estanques y kioscos.
    El relato maravillado de los embajadores bizantinos que fueron recibidos en
    917 en el palacio del califa al-Muqtadir (gobernante entre 908-932), en Bagdad,
    evoca unos jardines en los que, entre estanques de mercurio resplandecientes como
    un espejo, se paseaba una fauna de animales exóticos en medio de una profusión
    de raros perfumes.
    Una de las obras más recomendables que trata sobre esta temática es la del
    especialista Jonas Lehrman: Earthly Paradise. Garden and Courtyard in Islam,
    Thames and Hudson, Londres, 1980.
    Los vestigios de un jardín del siglo XII descubierto en Marrakesh bajo las
    ruinas de la primera mezquita de la Kutubiyya muestran que, a pesar de su
    superficie reducida, había incorporado el esquema persa con sus dos alamedas en
    forma de cruz.
    El modelo de rigurosa geometría originario de Irán dominó tanto en Oriente
    como en Occidente, donde al parecer fue adoptado desde el siglo XII. Los jardines
    nazaríes de la Alhambra (siglo XIV), constituyen un ejemplo de ello, que además
    inspiró a numerosos jardines del Magreb a partir del siglo XVI (palacio Badí en
    Marrakesh, 1578).
    Véase Dumbarton Oaks Colloquium on the History of the Islamic
    Gardens, Dumbarton Oaks, Trustees for Harvard University, Washington, 1976;
    The Garden in the Arts of Islam, March 25-April 27, 1980, Mount Holyoke College
    Art Museum, South Hadley, Massachusetts, 1980; A. Petruccioli: Gardens in the
    Time of the Great Muslim Empires, E.J. Brill, Leiden, 1997.
    El jardín musulmán se diferencia grandemente del jardín griego y del jardín
    latino tanto en lo estético como en lo conceptual (Cfr. Marcel Detienne: Los
    jardines de Adonis, Ediciones Akal, Madrid, 1996 (2ª edición).
    El jardín andalusí
    En la época del Islam clásico, la historia natural comprendía los dominios de
    la geología, la farmacopea ½vinculada a la medicina½, la física, la zoología y la
    botánica, con sus derivaciones hacia la agricultura.
    No es extraño que algunos grandes sabios del Islam, como al-Kindi, ar-Razi
    y al-Biruni, trataran de estas ciencias en sus trabajos enciclopédicos o especializados.
    Ya en el siglo IX, el Libro de los animales (Kitab al-hayawán), del gran literato
    de Bagdad al-Yahiz, constituyó a su manera un tratado de zoología en el que se
    describen 350 especies de animales.
    Un siglo después, un grupo de sabios ismailíes, los »Hermanos de la
    Pureza¼ (Ijuán al-safa), establecidos en Basora a partir de 983, otorgaron en sus
    Epístolas (RasâÀil) una gran importancia a la geología, la botánica y la mineralogía.
    Las ciencias naturales y la farmacopea fueron inseparables de la práctica de
    los más grandes médicos ½como Avicena, Abulcasis y Averroes½ y efectuaron
    brillantes progresos en la época del Islam clásico, como lo patentizan incontables
    obras, con frecuencia pioneras, acerca de los minerales, las plantas y las drogas.
    Al-Ándalus, jardín del Islam
    La farmacopea brilló particularmente en al-Ándalus. En la España
    musulmana, la farmacología, la zoología y la botánica estuvieron vinculadas,
    después de que los árabes introdujeran numerosas plantas, desarrollaran una rica
    agricultura de regadío y crearan jardines botánicos.
    El geógrafo cordobés al-Bakri (m. 1094) estudió en sus trabajos los árboles y
    los vegetales de su España natal. En Tunicia, Abu al-Salt al-Andalusi (1067-1134)
    escribió, también en el siglo XII, el innovador »Libro de las drogas simples¼ (Kitab
    al-adwiya al-mufrada). Pero era en la España musulmana donde se hallaba la
    vanguardia de la investigación en ciencias naturales.
    Por la misma época y con el mismo título que el empleado por Abu al-Salt,
    el andalusí Abu YaÀfar al-Gafiqi (m. 1165), hijo del célebre oculista Muhammad al-
    Gafiqi, llevó a cabo una novedosa descripción científica de las plantas.
    En el siglo XIII, su compatriota Abu-l-Abbás Ibn al-Rumiyya al-Nabati
    (1166-1240), que estudió en Marrakesh con el farmacéutico Ibn Salih, se hizo
    célebre con sus trabajos sobre botánica.
    En 1217 realizó un viaje a Oriente con el doble objetivo de peregrinar a La
    Meca y de llevar a cabo observaciones científicas. Sobre el periplo escribió un libro
    titulado al-Rihla al-nabatiyya (¾El viaje botánico¿) cuyo original, desgraciadamente,
    se ha perdido.
    La agronomía musulmana
    Entre los logros que habitualmente se atribuye a los musulmanes de la Edad
    de Oro (s. VIII al XII), está el de desarrollar de modo notable la agricultura, sobre
    todo aquella que se refiere a los cultivos de regadío. Y al igual que sucedió en otros
    campos, como filosofía, música y arquitectura, los musulmanes recuperarán la
    tradición clásica, en este caso romana, contenida en obras de autores griegos o
    romanos, como Plinio el Viejo o Lucio Columela, y la pondrán en práctica desde la
    India hasta al-Ándalus. La primera gran obra de agricultura es el conocido Kitab
    filaha al-nabatiya (¾Libro de agricultura nabatea¿), obra de Ibn Uahsiyya, que floreció hacia 900 y recoge los conocimientos de los antiguos nabateos y los
    cultivadores mesopotámicos. Recordemos que los nabateos eran árabes de una rica
    zona agrícola, cuya capital era la legendaria Petra (hoy Jordania), la ciudad color
    rosa, redescubierta en 1812 por el viajero suizo Johann Ludwig Burckhardt (1784-
    1817), convertido al Islam con el nombre de Ibrahim Ibn Abdallah (cfr. Vida y
    Viajes de John Lewis Burckhardt, Laertes, Barcelona, 1991).
    Al-Dinawari
    Es importante citar el Kitab al-nabat (¾Libro de botánica¿), de Abu Hanifa
    Ahmad Ibn Daud al-Dinawari (815-902), de origen persa. Se trata de la obra más
    completa sobre botánica y agricultura de los primeros tiempos del mundo islámico
    y que servirá de base a otros textos del mismo género. Está dividida en dos libros:
    en el primero se describen las plantas que sirven de alimento, plantas de olor, etc.;
    en el segundo se ofrecen los vegetales en orden alifático, es decir, alfabético. Al-
    Dinawari también es autor de un tratado sobre astronomía (Kitab al-anwá) y una
    Historia de Persia, titulada en árabe al-Ajbar at-tiwal (Ed. al-Halabi, El Cairo, 1960).
    La escuela de Ibn al-Awwám
    En los siglos XI y XII, surge una escuela agrónoma en al-Ándalus que será la
    más importante del Islam clásico. Los más conocidos agrónomos y geóponos (los
    estudiosos de la geoponía, o sea la agricultura) andalusíes de este período son Ibn
    Wafid (1008-1074), el toledano Ibn Bassal (s. XI), autor de un tratado de agricultura
    llamado Kitab al-Qasd ua l-bayán ½trad. por el arabista y hebraísta José María
    Millás Vallicrosa (1897-1970), M. Aziman, Tetuán, 1955½, Abu l-Jayr al-Isbili (s.
    XI), natural de Sevilla como indica su nisba, y del que apenas nada se sabe (su
    Tratado de Agricultura fue traducido y comentado por J.M. Carabaza, AECI,
    Madrid, 1991), e Ibn al-Awwám.
    El tratado de Ibn al-Awwám (Kitab al-filaha) fue, durante bastante tiempo, la
    única referencia sobre la agronomía hispanomusulmana y, paradójicamente, la
    personalidad del autor casi totalmente desconocida, ya que son mínimos los datos
    autobiográficos que aporta y una fuente como la de Ibn Jaldún parece conocerlo
    poco y mal (cfr. Ibn Jaldún: Introducción a la historia universal. Al-Muqaddimah,
    FCE, México, 1999, p. 919).
    Por el estudio de su obra parece claro que el autor vivió en Sevilla, y más
    concretamente, en la zona de Aljarafe, dadas las frecuentes citas que, de este
    distrito en que él realizaba prácticas agrícolas, aparecen en su tratado: «yo sembré
    arroz en el Aljarafe», o «jamás he visto en los montes del Aljarafe higueras plantadas entre
    las vides».
    También dice: «Ninguna sentencia establezco en mi Obra que yo no haya probado
    por la experiencia repetidas veces» (cfr. Ibn al-Awwám: Libro de Agricultura, trad.
    J.A. Banqueri, 2 vols., AECI, Madrid, 1988, facsimile de la de 1802).
    Ibn al-Awwám redactó su tratado en la segunda mitad del siglo XII. Enlaza
    con la tradición latina de Lucio Columela (siglo I d.C.), pero recoge mucho de la
    tradición árabe oriental, representada por el »Libro de agricultura nabatea¼ de Ibn
    Uahsiyya, al que en general resume, incorporando los ricos conocimientos
    farmacológicos andalusíes, manifestando el alto grado del saber existente en alÁndalus
    acerca de las casi seiscientas plantas que menciona, además del medio
    centenar de árboles frutales que describe, ocupándose de cómo han de ser
    cultivados.
    La obra de Ibn Awwám influyó en el Renacimiento, y, revalorizada por los
    ilustrados, fue objeto de una versión castellana íntegra, publicada en 1802, por
    impulso del historiador, economista y político español Pedro Rodríguez
    Campomanes y Pérez, conde de Campomanes (1723-1803).
    La misma fue traducida por Fray José Banqueri, discípulo del célebre monje
    maronita Michel Casiri (1710-1791), que editó el texto árabe basándose en el
    manuscrito de El Escorial y lo tradujo al castellano.
    Resulta muy curioso subrayar que tanto Banqueri como Campomanes
    estaban convencidos de la utilidad que podía tener la obra de Ibn al-Awwám para
    el fomento de la agricultura en España a fines del siglo XVIII.
    Ibn al-Baitar
    Sin embargo, el más grande botánico farmacólogo de la civilización islámica
    fue otro hispanomusulmán, Diya al-Din Abu Muhammad Abdallah Ibn Ahmad,
    llamado Ibn al-Baitar (¾el hijo del veterinario¿), de Málaga (m. 1248), discípulo de
    al-Nabati.
    Estudió en Sevilla y en 1220 dejó al-Ándalus para seguir la misma ruta que
    al-Nabati, aunque él ya no volvería a su tierra natal instalándose en el Oriente
    musulmán hasta encontrar la muerte en Damasco.
    En la ciudad de El Cairo, el sultán ayubí Malik al-Kamil Nasiruddín
    Muhammad½sobrino de Salahuddín (Saladino), que gobernó entre 1218-1238½ lo
    nombró jefe de los herboristas de palacio y fue probablemente allí donde escribió
    sus obras más importantes, entre ellas su gran enciclopedia: al-Yami li-mufradat aladwiya
    ua-l-agdiya (¾Colección de nombres de alimentos y drogas simples¿).
    Ibn al-Baitar viajó a Siria y Anatolia, a pesar de las invasiones cruzadas,
    para recoger plantas, y sus trabajos constituyen la mejor sistematización sobre las
    plantas medicinales que jamás se emprendió antes de la época moderna.
    En esos tratados, dio entrada a mil quinientas especies ½trescientas de las
    cuales nunca se habían inventariado hasta entonces½, citó a los autores griegos y
    latinos y anotó sus propias observaciones.
    Se trata, en fin, de un repertorio crítico del conjunto de la ciencia
    farmacológica que permaneció como el fundamento de toda la botánica ulterior en
    el Oriente musulmán.

    Ibn Luyún de Almería
    En relación con el cuidado de la tierra en al-Ándalus, la figura más
    sobresaliente es Ibn Luyún de Almería (1282-1349). Su obra ha sido editada por
    Joaquina Eguaras Ibañez y lleva por título Tratado de Agricultura (Granada, 1988).
    Está realizada en verso y contiene importantes conocimientos sobre el tema
    agrícola, el cuidado de jardines, etc.
    Una obra muy recomendable para profundizar sobre los secretos de la
    agricultura, la irrigación y el apropiado uso del agua en al-Ándalus es la de Cherif
    Abderrahmán Jah y Margarita López Gómez: El enigma del agua en al-Ándalus
    (Lunwerg Editores, Barcelona, 1994). También es muy interesante consultar el
    trabajo de Varios Autores: El agua en la agricultura de al-Ándalus (Lunwerg/El
    legado andalusí, Barcelona, 1995).
    Maestros de la horticultura
    Hay unos conocidos versos del dramaturgo y poeta español Pedro Calderón
    de la Barca (1600-1681, que hablan de la gran fama que tenían los musulmanes
    andalusíes como horticultores:
    «…Porque no sólo a la tierra,
    pero a los peñascos hacen
    tributarios de la yerba;
    que en agricultura tienen
    del estudio, tal destreza,
    que a preñeces de su alzada
    hacen fecundas las piedras»
    (¾Amar después de la muerte¿, tema religioso).
    Un refrán popular español de aquella época rima así:
    «Una huerta es un tesoro
    si el que la labra es un moro».
    El etnólogo e historiador español Julio Caro Baroja (1914-1995), decía que
    «La fama de los moriscos como horticultores es grande y siempre se les consideró en esta
    actividad como muy superiores a los cristianos viejos. Los moriscos, dice Andrea
    Navaggiero (1483-1529, embajador veneciano ante Carlos V) en su memorable
    descripción de Granada, son los que tienen las tierras labradas, y llenas de tanta variedad de
    árboles; los españoles -añade-, lo mismo aquí que en el resto de España, no son muy
    industriosos y ni cultivan ni siembran de buena gana la tierra. Cuando los historiadores
    arabófilos hablan del estado de florecimiento a que llevaron los árabes la agricultura en
    España debían decir, de modo más exacto, la horticultura. En efecto, entre las varias
    oposiciones existentes entre moriscos y cristianos viejos, una de ellas es la que parecían
    tener en lo que se refiere a la misma explotación del suelo. A través de varios textos parece
    rastrearse la hostilidad que experimentaban ciertos cristianos, agricultores de secano,
    cultivadores de cereales en superficies grandes, hacia los horticultores, que cuidaban de
    huertos de regadío, con cultivos variados e intensivos y de vergeles de tipo mediterráneo» (J. Caro Baroja: Los Moriscos del Reino de Granada, Ediciones Istmo, Madrid, 1991, p. 98).
    El especialista Jesús Ávila Granados tiene similares conceptos: «El auge de la
    agricultura nazarí se debe, principalmente, a la tecnología hidráulica, capaz de transformar
    los terrenos de secano en fértiles huertas de regadío, con grandes norias giratorias de
    acequias, pequeñas aceñas, acueductos, acequias, canales, pozos artesianos, etc. De este
    modo, los agricultores nazaríes pudieron, incluso, aclimatar nuevos productos. Los nazaríes
    perfeccionaron asimismo el sistema romano de riego. Los molinos de agua, instalados en las
    orillas de los ríos, molían los granos de cereales. Los de viento, provistos de anchas velas de
    barco, hacían girar un eje vertical que movía la piedra de moler el grano. El mejor aceite se
    elaboraba en los molinos que trituraban los frutos del olivo (almazaras)» (J. Ávila
    Granados: La Granada Nazarita, Editorial Bruño, Madrid, 1990, p. 12).
    La tipología del jardín hispanomusulmán
    El arquitecto-jardinero catalán Nicolás María Rubió i Tudurí (1891-1981)
    confiesa con franqueza: «El Islam fue, en aquellos tiempos de bárbara oscuridad, el
    jardinero de Occidente… El contacto jardinero árabe latino se realiza directa y
    naturalmente bajo el cielo mediterráneo… Los puntos en que se realizó directamente el
    contacto fueron las islas mediterráneas de Sicilia y Baleares y, en la península hispánica,
    Andalucía, Murcia y Valencia principalmente… Por los mismos años, Sicilia conocía
    notables obras del arte del jardín árabe. En Palermo, los jardines de la Ziza eran famosos»
    (N.M. Rubió i Tudurí: Del paraíso al jardín latino, Los 5 sentidos, Barcelona,
    1981).
    En al-Ándalus la idea del jardín era más extendida que en otras regiones del
    mundo islámico. Era huerto y jardín a la vez, también era un campo de
    experiencias botánicas, donde aclimatar aquellas especies traídas de oriente, como
    la granada o la palmera datilera, idea que sería imitada posteriormente por los
    británicos y materializada en los Royal Botanical Gardens de Kew, sobre el
    Támesis, cerca de Londres, a partir de 1759.
    Los emires, califas y sultanes de al-Ándalus, a lo largo de sus ocho siglos de
    historia (711-1492), favorecieron con enorme interés la creación, junto a sus
    palacios, de jardines botánicos donde se experimentaba con las nuevas especies
    traídas, iniciándose una técnica de injertos que dio lugar a muchas frutas que hoy
    se degustan en Europa y América, como el albaricoque, ciertas especies de higos,
    como el de Málaga, tipos de dátiles, etc.
    También se aclimataban especias y condimentos, como la pimienta negra y
    el azafrán y plantas aromáticas y medicinales como la alhova y la alheña. Para ello
    se crearon enormes huertos, con una dotación constante, y se buscaron los mejores
    geóponos de la época, para que, como avezados investigadores, cuidaran y
    experimentaran en ese jardín botánico.
    Fueron famosos los huertos de ar-Rusafa, almunia (huerto o granja) de
    recreo del primer emir omeya en al-Ándalus, Abderrahmán I (731-788); del califa
    Abderrahmán III (891-961), descendiente del anterior, que instaló un jardín de experiencias botánicas en sus palacios de Madinat az-Zahara (¾Ciudad de los
    Azahares¿), a ocho kilómetros de Córdoba; del emir al-Mutamid (1027-1095) en
    Sevilla en la Buhaira al-kubra, luego ampliados por el califa almohade Abu Yaqub
    Yusuf en 1172; del soberano de la taifa de Toledo, al-MaÀmún (reinante entre 1043 y
    1075), que construyó la almunia al-Mansura, donde hoy se ubica el Palacio de
    Galiana (cfr. Francisco Prieto Moreno: El Jardín Hispanomusulmán, Caja de
    Ahorros de Granada, Granada, 1975; S. López Cuervo: Medina Az-Zahra.
    Ingeniería y formas, Ministerio de Obras Públicas, Madrid, 1985).
    En las albercas andalusíes solía haber plantas acuáticas, como nenúfares, y
    peces multicolores, como hoy todavía pueden apreciarse en el Jardín del Partal y
    en el Patio de los Arrayanes de la Alhambra. El oficio de jardinero tenía una
    significativa dignidad entre los musulmanes andalusíes. No era oficio vil, sino todo
    lo contrario; representaba una antigua profesión, basada en la ciencia experimental
    y en una exquisita sensibilidad.
    Este jardinero/botánico era el complemento del perfumista y el médico,
    oficios llenos de misterio y fórmulas magistrales. Oficios muy apreciados por
    emires y califas.
    Expiración García Sánchez, catedrática de la Escuela de Estudios Árabes
    (CSIC) de Granada nos cuenta que «tras la desmembración del califato y la formación de
    los reinos de taifas, todos los soberanos se apresuraron a imitar las costumbres de los califas
    destronados, y a estos jardines de ½experimentación¾ se multiplicaron en cada una de las
    cortes, caso de al-Sumadihiyya en Almería, la Huerta de la Noria o del rey en Toledo y la
    también llamada Huerta del Rey o Jardín del Sultán ¼al-MuÀtamid (Muhammad Ibn
    Abbad (1039-1095) que se hizo llamar al-MuÀtamid bi-llah (¾el apuntalado por
    Dios¿), rey poeta de Sevilla)¼ en Sevilla. Al frente de estos jardines va a estar un
    geópono teórico. A propósito de al-Sumadihiyya, el historiador y geógrafo almeriense alÀUdri
    (m. 1085), contemporáneo de los hechos, detalla: ½En las afueras de Almería, al-
    MuÀtasim (Abu Yahya MuÀizz ad-Dawla, al-MuÀtasim bi-llah, régulo de la taifa de
    Almería entre 1052-1091) construyó un huerto (bustán) de artística traza, con palacios de
    peregrina factura. En este huerto, además de los habituales, se cultivan frutos exóticos como
    el plátano, en sus diversas especies, y la caña de azúcar¾. Esta tradición va a continuar a lo
    largo de toda la historia de al-Ándalus ¼la Buhayra sevillana durante el período almohade
    o el Generalife granadino en la etapa nazarí¼» (E. García Sánchez: La Agronomía en
    al-Ándalus, en el catálogo de la exposición El Legado Científico Andalusí, Museo
    Arqueológico de Madrid, Madrid, abril-junio 1992, p. 147).
    En el tratado del geópono granadino al-Tignari (siglos XI y XI), llamado
    Kitab Zuhrat al-bustán ua nuzhat al-adhan (¾Libro del esplendor del jardín y recreo
    de las mentes¿) se menciona el cultivo de especies nuevas como el trigo negro, el
    trigo rojo (al-ruyún), y el tunecino.
    La poesía andalusí de los jardines
    El amor por los jardines, las flores y la naturaleza en general, fue una
    constante en todo el mundo islámico y en especial entre los andalusíes. Los poetas dejaron su impronta naturalista en su observación de los jardines y almunias que
    tanto abundaban en al-Ándalus.
    De esta observación, sensible y exquisita, nació todo un género poético
    conocido con el nombre de raudiyyat (de rau ¾jardín¿), que fue muy popular desde
    finales del siglo X y principios del XI. Dentro de este género, se cultivaron
    especialmente los temas florales (nauriyyat) por poetas como el iraquí domiciliado
    en al-Ándalus, llamado SaÀid al-Bagdadi (m. 1026), que descolló en la corte de
    Almanzor, e Ibn al-Qutíyya.
    La aceptación popular de estos géneros y estilos, trajo como consecuencia el
    gusto por la naturaleza de todas las clases sociales andalusíes, como un símbolo de
    que la poesía había descendido al pueblo, tras el monopolio poético del poder
    califal.
    Veamos un ejemplo de estos bellos fragmentos poéticos: «Contempla para
    recrear tus ojos, un jardín lujuriante sobre el cual la brisa no cesa de soplar y la lluvia de
    caer».
    Ibn Jafawa
    Un poeta famoso en este género fue el valenciano Abu Ishaq Ibrahim Ibn
    Jafawa de Alcira (1058-1138), al que llamaban al-yannãn (¾El Jardinero¿), por su
    dedicación a este tipo de poesías y porque fue especialista en describir flores y
    jardines (Alcira actualmente es un municipio español de la provincia de Valencia
    en la Comunidad Valenciana).
    Su obra ha sido citada por el historiador musulmán argelino al-Maqqari
    (1591-1634) en su Nafh at-tib min ghusn al-Ándalus ar-ratib (¾Exhalaciones de
    perfume de la rama tierna de al-Ándalus¿), y analizada por el profesor Hamdán
    Hayyayi de la Universidad de Argel en su estudio Vida y obra de Ibn Jafawa,
    poeta andalusí (Ediciones Hiperión, Madrid, 1992).
    Ibn Jafawa de Alcira ejercita la predilección de los poetas musulmanes de
    apelar a este tipo de metáforas y alegorías: «Ráfagas de perfume atraviesan el jardín
    cubierto de rocío, cuyas tapias son el circo donde corre el viento…»; «Era un caballo alazán
    con el cual se encendía la batalla con un tizón de coraje. Sus crines eran del color de la flor
    de granado; su oreja, de la forma de la hoja de mirto»; «La flor hace pensar en un ojo que,
    bañado por las lágrimas, se ha despertado; el agua, en una boca sonriente que seduce por el
    brillo (de sus dientes)»; «Yo enamoro a este jardín donde la margarita es la sonrisa, el
    mirto, los bucles, y la violeta, el lunar».
    Hallamos en el diwán de Ibn un solo dístico dedicado al nenúfar, sin duda
    el poeta había observado esta Jafawa planta acuática que de día se extiende en la
    superficie de las aguas y de noche recoge sus pétalos; pero en vez de describir este
    fenómeno, lo interpreta de la manera siguiente: «Un nenúfar que nunca ha sentido la
    quemadura del amor, el desvarío de la pasión. Se despierta por la mañana tras un sueño
    apacible y por la noche cierra los ojos para dormir».
    Ibn Jafawa consagró lo mejor de su arte a la pintura de los jardines, lo que le
    valió el sobrenombre de al-yannãn. El género de composiciones, llamadas cómunmente raudiyat (jardineras), es muy antiguo y conoció un gran auge en el
    Oriente musulmán en el siglo X, en particular con al-Sanawbari (m. 945), poeta de
    la corte del soberano sirio Abu al-Hasan Ibn Hamdán (916-967), llamado Saif al-
    Dawla, mecenas del famoso al-Mutanabbi (915-965). Al-Sanawbari fue de hecho el
    creador de la poesía floral y jardinera (nauriyyat, raudiyyat), en la que describe
    batallas de flores en las cuales la rosa, el lirio «de sonrisa vanidosa», la violeta «en
    traje de luto» y el clavel que convoca al ejército, avanzan en flotantes corazas, bajo
    un velo de revuelto polvo, contra el narciso, «con párpados de alcanfor y ojos
    ribeteados de azafrán». Menor importancia tienen Kusayim (m. 971), amigo e
    imitador de al-Sanawbari y astrólogo de Saif al-Dawla.
    Véase Ibn Jafawa: Ibn Jafawa de Alzira. Antología poética, ed., trad. e
    introd. De Mahmud Sobh, trad. valenciana de J. Piera; Auntament, Valencia, 1992;
    M.M. al-Nowaihi: The Poetry of Ibn Khafajah. A Literary Analysis, E. J. Brill,
    Leiden, 1993.
    Ibn Zamrak
    Abu Abdallah Muhammad Ibn Yusuf Ibn Muhammad Ibn Ahmad Ibn
    Muhammad Ibn Yusuf al-Surayhi, conocido como Ibn Zamrak o Ibn Zumruk nació
    en 1333 y murió 1392. Discípulo del eminente polígrafo Lisanuddín Ibn al-Jatib
    (1313-1375), Ibn Zamrak está considerado como »el poeta de la Alhambra¼. Esto se
    debe a que en diversas salas y pabellones de la fortaleza-palacio de Granada (como
    en la Sala de las Dos Hermanas o en la fuente del Patio de los Leones) existen
    inscripciones que son panegíricos de la autoría de Ibn Zamrak. Muchos de ellos
    versan sobre el tema del jardín.
    Veamos uno de ellos que fuera traducido por el arabista español Emilio
    García Gómez en su obra Cinco poetas musulmanes, Colección Austral, Espasa-
    Calpe, Buenos Aires, 1945, pp. 214-215:
    «Jardín yo soy que la belleza adorna:
    Sabrás mi ser si mi hermosura miras.
    Por Muhammad, mi rey, a par me pongo
    de lo más noble que será o ha sido.
    Obra sublime, la Fortuna quiere
    que a todo monumento sobrepase.
    ¡Cuanto recreo aquí para los ojos!
    Sus anhelos el noble aquí renueva…
    Jamás vimos alcázar más excelso,
    de contornos más claros y espaciosos.
    Jamás vimos jardín más floreciente,
    de cosecha más dulce y más aroma».

    FLORES AROMÁTICAS, PLANTAS ORNAMENTALES Y FRUTAS DEL JARDÍN
    ANDALUSÍ
    (Texto extractado de Cherif Abderrahman Jah y Margarita López Gómez:
    Dossier para profesores “Exposición Los Aromas de Al-Andalus”, Fundación de
    Cultura Islámica/El legado andalusí/Junta de Andalucía/Fundación ¾La Caixa¿,
    Madrid-Granada, 1995)
    El jardín en al-Ándalus tenía plantas aromáticas y flores especialmente
    difusoras de perfume durante el día o la noche. También crecían en él, árboles
    frutales que perfumaban el ambiente durante el tiempo de su floración. Sin
    embargo, para poder precisar el tipo de flores o plantas que se cultivaban en los
    jardines de al-Ándalus, es necesario acudir a los tratados de los geóponos
    andalusíes ya citados.
    También habría que consultar »El Calendario de Córdoba¼ del médico
    cordobés Arib Ibn SaÀid (s. X) ½cfr. Reinhart Dozy: Le calendrier de Cordue, trad.
    francesa de Charles Pellat, Leiden, 1961½.
    ADORMIDERA (Papaver somniferum). Llamada en el mundo árabe jashjash.
    De cultivo milenario ya en la Grecia antigua, es citada por el rapsoda Homero
    como la droga que se le dio a Helena en el asedio a Troya, para olvidar toda
    pesadumbre. Se cría en jardines en la especie de flores dobles muy ornamentales.
    Ibn al-Awwám nos describe en su tratado »una especie de adormidera¼ con hojas
    de color cambiante, parecido al azafrán disuelto en agua, con unos vástagos con
    cabecitas, que se abren en una flor de color amarillento. Cada planta puede durar
    en el mismo sitio unos cuatro años y de ella se hace un colirio refrigerante para los
    ojos.
    AZUCENA (Lilium candidum). Llamada en al-Ándalus sawsan. Originaria del
    Cercano Oriente, se cultivaba como planta de gran belleza ornamental desde la
    Antigüedad remota. Sus flores en ramillete terminal, de un blanco inmaculado,
    exhalan un fuerte aroma, especialmente al anochecer, hasta el punto que José Quer
    y Martínez (1695-1764), un botánico y cirujano militar español, en su »Flora española
    o historia de las plantas que se crían en España» (1762), asevera que a muchos les causa
    dolor de cabeza. En al-Ándalus, las azucenas se plantaban junto a las acequias, con
    poco riego. Al parecer, la azucena figuraba en los jardines de Madinat al-Zahra, la
    ciudad-palacio hecha construir por el califa Abderrahmán III cerca de Córdoba, y
    en los de los reyes de taifas de la dinastía Ibn Abbad de Sevilla (1023-1092), entre
    otros muchos.
    BALAUSTRA (Punica granatum). Variedad de la flor de granado, de carácter
    especialmente ornamental, y que estaba presente en casi todos los jardines
    andalusíes. Aun hoy, quizá como una herencia andalusí, se mantiene esa tradición
    del granado ornamental en Marruecos. En el mundo árabe se llamaba al granado
    rummán. Procedente de Siria, un cortesano cordobés trajo a Córdoba, capital del
    emirato omeya de Abderrahmán I el Inmigrado (731-788) la semilla de una clase de
    granado al que se llamó safari. Aclimatado en la finca de recreo de este emir, la
    Rusafa, dió excelentes frutos y a partir de entonces la granada de semillas dulces, rojas y cristalinas, decoró las mesas de los emires y califas de al-Ándalus. Se crió en
    abundancia en el reino nazarí de Granada. Anteriormente la granada fue conocida
    y cultivada en Egipto 2500 años antes de Cristo, ya que se ha encontrado en
    tumbas egipcias restos de ese fruto, símbolo del amor y la fecundidad en Oriente.
    LIRIO AMARILLO O LIRIO DEL AGUA (Iris pseudacorus). En al-Ándalus
    sawsan asfar. Dentro de la enorme variedad de especies que se dan en el lirio, el
    amarillo es esencialmente planta de adorno, pues no tiene olor. Se cría junto a las
    aguas (albercas y acequias). Figura entre las especies de probable cultivo en los
    jardines de Madinat al-Zahra (Córdoba).
    MIRTO. Arbusto omnipresente de los jardines de al-Ándalus, de la misma
    familia que el arrayán, llamado as en árabe. Abu l-Jayr al-Isbili distingue el mirto
    del arrayán. Califica al mirto de árbol acuoso, que no debe plantarse en los montes.
    Es oloroso, especialmente sus hojas. Puede injertarse en el aligustre, el lentisco y el
    terebinto.
    MOSQUETA. Llamada en al-Ándalus nisrín. Se trata de un tipo de rosal con
    flores blancas, pequeñas y de olor densamente almizclado. Se injertaba con el rosal
    común. Ibn Luyún señala dos tipos de mosqueta en relación al color de sus flores:
    blancas y amarillas. También indica una clase de mosqueta silvestre que se daba en
    luagres montañosos, de flores aún más pequeñas.
    NENÚFAR AMARILLO (Nuphar luteum). En al-Ándalus nilúfar asfar. Planta
    acuática arraigada en el fondo de las aguas; se cría en aguas mansas de lagunas y
    estanques. Sus flores desprenden un suave perfume y flotan en el agua. Dentro de
    las especies de nenúfares en al-Ándalus, había uno criado en albercas al que
    denominaban nilúfar al-bírka, y adornaba los jardines de las almunias reales. A
    veces el refinamiento llegaba a tal extremo que se ponían sobre las aguas de los
    estanques o albercas, nenúfares de plata, como fue el caso de la almunia de
    Almanzor, hayib (primer ministro) de Córdoba que relegó del poder a la dinastía
    omeya a fines del siglo X.
    Plantas aromáticas y frutales de aroma
    ALHUCEMA (Lavandula latifolia). En al-Ándalus al-juzáma. Durante un
    tiempo se dijo que «Espliego y alhucema son una cosa mesma», pero tienen marcadas
    diferencias, ya que el olor es más suave en el espliego y más alto y ramoso el tallo
    de la alhucema. Ibn al-Awwám describe una planta de esta especie en su »Libro de
    Agricultura¼ que, por sus características, parece tratarse de la alhucema. De ella
    dice que los persas la aprecian mucho y la cultivan en abundancia, proque
    aseveran que mirando su flor, el ánimo se alegra y se acaba la tristeza.
    LIMONERO (Citrus limon). Llamado en al-Ándalus laimún. Debió llegar a la
    Península Ibérica traído por los árabes después del siglo X. Al limonero aluden Ibn
    Bassal e Ibn Hayyay y más explícitamente al-Tignari, Abu l-Jayr, Ibn al-Awwám e
    Ibn Luyún. Se decía que el limonero no debía plantarse cerca del naranjo porque su
    fuerte aroma perjudicaba a éste último. Su fruto, partido y conservado en sal, se
    utilizaba como condimento en los guisos, tal y como se suele hacer ahora en tierras del Magreb.
    NARANJA Y OTROS CÍTRICOS: Los cítricos, como el toronjo y la naranja
    (del árabe: naranya, y éste del persa: naranguí) amarga fueron importados de Asia
    oriental. Eran utilizados para conservar los alimentos, pero también se extraía de
    ellos para la elaboración de zumos y de sus flores, esencias para la elaboración de
    perfumes. Igualmente, la ciencia del injerto se desarrolló en al-Ándalus hasta
    límites insospechados, logrando, por ejemplo, una extraordinaria variedad de
    pomelos. No deja de llamar la atención el proceso por el que la naranja deja su
    nombre en las lenguas europeas, y a cambio transforma el suyo en árabe. En
    portugués se dice laranja, y en varios idiomas europeos, como el inglés y el francés
    (orange), sin la consonante inicial, pasó al vocabulario de la alimentación y a la
    gama de los nombres de color. En cambio el nombre con el que pasa a conocerse,
    posteriormente, en árabe es el de burtuqal, que proviene del país Portugal, donde
    hubo grandes plantaciones de excelentes naranjas especialmente en la región
    sureña de Algarve (del árabe: al-garb ¾el oeste¿).
    MANZANILLA (Anthemis nobilis). Señalada por Ibn Luyún como una de las
    plantas que aromatizaban los jardines andalusíes. Planta con pequeñas flores muy
    aromáticas que se cría por gran parte de la Península. Ibn al-Awwám también la
    cita en su tratado de agricultura como planta con propiedades para ayudar a la
    mujer al alumbramiento. También debió figurar como una de las especies
    botánicas en Madinat al-Zahra.
    MANZANO (Pyrus malus). Llamado en al-Ándalus tuffah. Muy abundante en
    la Península, en diversas variedades y texturas de manzanas. Se cría
    principalmente en las vegas (como la de Granada), pero también se da bien en los
    climas cantábricos. La aplicación de la manzana ha sido siempre múltiple, tanto en
    medicina, gastronomía y fabricación de dulces y jarabes, e incluso en perfumería,
    de acuerdo su grado de madurez, por la bondad de esa fruta, a pesar de su
    estereotipo negativo de origen bíblico y legendario. En al-Ándalus se cultivaban
    abundantemente las dos variedades de manzanas: dulces y ácidas. Se utilizaban en
    confituras y esencialmente en los jarabes y aplicaciones cosméticas, ya que, según
    se decía, las manzanas fortalecían el ánimo y daban alegría. En casi todos los
    tratados conocidos de los geóponos andalusíes, se dan largas recomendaciones
    sobre el cultivo del manzano y el cuidado en la recolección de su fruto.
    MELÓN (Cucumis melo). En al-Ándalus sukkarí. Planta de frutos grandes y
    ovoidales y pulpa jugosa con mucho aroma. Hay un dicho popular en Castilla que
    se refiere a la incertidumbre sobre la elección de un melón: «El melón y el casamiento
    ha de ser de acertamiento». En al-Ándalus era fruto muy apreciado. Ibn Bassal ya
    recoge esta fruta en su tratado agrícola, pues debió cultivarlo en la huerta del rey
    taifa al-MaÀmún de Toledo (1043-1075). Abu l-Jayr al-Isbili nos informa que había
    muchas de melón en al-Ándalus, y especialmente la variedad sukkarí, era melón
    de secano, muy dulce y de tamaño pequeño. Un truco para conseguir que fuese
    aún más dulce, era el de poner sus pepitas en remojo con agua azucarada, antes de
    plantarlas.

    MENTA. En al-Ándalus, con el nombre de fawdany y dawmarán se conocían
    unos tipos de hierbas aromáticas clasificadas como menta y menta acuática, que se
    utilizaban principalmente en jarabes y tisanas, como remedios médicos.
    ROMERO (Rosmarinus officinalis). Mata de mediana altura que florece durante
    todo el año en el centro y mitad del sur de la Península Ibérica. Intensamente
    aromático, al médico-filósofo persa Ibn Sina (980-1037), el Avicena de los latinos, se
    atribuye el empleo del cocimiento de la flor de romero con aceite, como bálsamo
    para todos los males.
    Para ampliar véase el excelente estudio de Cherif Abderrahman Jah: Los
    aromas de al-Andalus. La cultura andalusí a través de los perfumes, especias y
    plantas aromáticas, Alianza Editorial/Fundación de Cultura islámica, Madrid,
    2001.
    El jardín del Generalife
    Sin lugar a dudas, el jardín más espléndido e inolvidable de la España
    musulmana es el Generalife (del árabe Yannat alÀarif: ¾La más noble y elevada de
    todas las huertas¿, también ¾Huerta del gnóstico o arquitecto¿), o sea la almunia
    de la Alhambra de Granada.
    Su primera construcción data de la época almohade (1147-1232), con
    importantes y radicales reformas posteriores, llevadas a cabo por los sultanes
    nazaríes Muhammad III (1302-1309), Ismail I (1314-1325), Muhammad V (1353-
    1359/1362-1390) y Yusuf III (1408-1417).
    Ibn Luyún, el gran sabio y literato almeriense, maestro de Lisanuddín Ibn
    al-Jatib (1313-1375), en el capítulo final de su Tratado de Agricultura y Jardinería
    (Edición y traducción de Joaquina Eguaras Ibáñez, Granada, 1988), nos da el
    programa virgiliano de una casa de campo al gusto de su época. El Generalife es
    un fiel reflejo de esta teoría plasmada en una almunia real:
    «En el lugar más elevado del jardín deberá construirse una casa, para facilitar su
    guarda y vigilancia. La orientación será hacia mediodía, elevando algo el sitio donde vayan
    a emplazarse la alberca y el pozo. En lugar de este último será mejor construir una acequia
    que corra bajo la umbría de árboles y plantas. Cerca de ella se plantarán macizos, que estén
    siempre verdes, de todas las plantas que alegran la vista y, algo más apartadas, diversas
    variedades de flores y árboles de hoja perenne. Un cerco de viñas rodeará toda la finca y, en
    la parte central, emparrados darán sombra a caminos que encuadrarán los arriates. En el
    centro se ha de levantar, para las horas de reposo, un pabellón abierto por todos lados y
    rodeado de rosales trepadores, arrayanes, y las diferentes flores que embellecen un jardín.
    Será más largo que ancho, para que la vista no se fatigue contemplándolo. En la parte más
    baja se dispondrá una nave de habitación para los huéspedes que hagan compañía al
    propietario; tendrá su puerta y una alberca que, oculta por un grupo de árboles, no podrá
    verse desde lejos. Convendrá, además, construir un palomar y una torrecilla habitable».
    El Generalife, no obstante, debió sobresalir en importancia dado que, según
    puede deducirse de las inscripciones grabadas en una de sus cámaras, (½entra con
    compostura, habla con ciencia, sé parco en palabras y sal en paz…¾), el sultán, abriendo

    espacios en sus ocios y meditaciones, despachaba audiencias en ese recinto.
    El historiador de arte y arquitectura Henry Stierlin (Alejandría, Egipto,
    1928), de padres suizos, y su esposa Anne, especializada en filosofía, redacción de
    libros de artes y fotógrafa profesional, testimonian la inefable belleza y
    trascendencia del Generalife: «En la descripción que se da en ½Las mil y una noches¾ de
    otro jardín encontramos una lista de flores que forman parterres o arriates: ½La rosa, el
    jasmín, la violeta, el narciso, el jacinto, la anémona, el tulipán, el ranúnculo, el clavel, el
    lirio¾. Además, una pajarera ½encerraba infinitos ruiseñores, jilgueros, verdecillos,
    alondras¾, etc. Podemos, sin que resulte inverosímil, transponer, sin grandes
    modificaciones, tal selección de flores y pájaros decorativos a los jardines del Generalife.
    ½Las mil y una noches¾, que son una mina de preciosas informaciones acerca de la
    civilización islámica, citan también, en la 139ª noche, ½los trinos de gran número de
    pájaros que mezclaban sus cantos con el susurro de un surtidor prodigiosamente alto¾. Lo
    que nos lleva hasta el rasgo característico del Patio de la Acequia, en el Generalife, cuyas
    decenas de surtidores forman una auténtica bóveda líquida tendida sobre la alargada alberca
    que recorre, de punta a punta, el jardín cerrado. En la Alhambra, en el Patio de los Leones,
    así como en el Generalife, se nota, pues, un deliberado designio de volver a crear en la tierra,
    en el último reino de los sultanes árabes de España, un mundo paradisíaco, donde se
    encarnen todas las aspiraciones de los creyentes. Así, entre la densa vegetación
    artísticamente dispuesta por los jardineros árabes, hallaba su más prodigiosa
    materialización un concepto del Paraíso terrestre coincidente con las imágenes que las
    azoras del Corán ponían en todas las mentes» (Henry y Anne Stierlin: Alhambra, M.
    Moleiro Editor, Barcelona, 1992, p. 180).
    Otros jardines de la Alhambra
    Los jardines del Partal, de los Adarves y de Lindaraja en la Alhambra, con
    sus rimeros de macetas floridas, con recortados setos que bordean acequias, con
    estanques y fuentes cubiertos de nenúfares, y todo un conjunto, esplendoroso y
    sutil, asomándose a la legendaria ciudad, al blanco barrio del Albaicín (de albayyazín:
    musulmanes de Baeza que se refugiaron en Granada) a las cumbres
    nevadas de la sierra, y a la aceitunada apacibilidad de la Vega, justifican
    sobradamente las expresiones de viajeros como el médico austriaco Ieronimus
    Münzer que viajó por la Península entre 1494-1495: «Terminada la comida, de nuevo
    subimos a la Alhambra, en un altísimo monte… Vimos allí palacios incontables, enlosados
    con blanquísimo mármol; bellísimos jardines, adornados con limoneros y arrayanes… No
    creo que haya cosa igual en toda Europa… Todo está tan soberbia, magnífica y
    exquisitamente construido, de tan diversas materias, que se creería un paraíso. No me es
    posible dar cuenta detallada de todo» (Jerónimo Münzer: Viaje por España y Portugal
    1494-1495, Ediciones Polifemo, Madrid, 1991, pp. 93-95).
    El gran humanista italiano Pietro Martire dÀAnghiera (1459-1524) cuando
    visitó Granada (ciudad donde falleció y aún se halla su tumba) en el primer cuarto
    del siglo XVI escribía en una de sus epístolas: «Todo el país, en suma, por su gala y
    lozanía, y por su abundancia de aguas, semeja los Campos Elíseos. Yo mismo he probado cuánto estos arroyos cristalinos, que corren entre frondosos olivares y fértiles huertas,
    refrigeran el espíritu cansado y engendran nuevo aliento de vida».
    Los cármenes de Granada
    El concepto del carmen granadino es de origen hispanomusulmán. La
    palabra carmen viene del árabe karm, que significa viña. Los cármenes ocupan las
    laderas de las colinas enclavadas entre los cauces del Darro y del Genil, y aquellos
    que se encuentran en el Albaicín, frente a la esplendidez de la Alhambra, son
    considerados los más típicos. En sus orígenes eran minifundios suburbanos; el
    terreno se dedicaba en parte a jardín y en parte a huerta.
    Hoy ésta sigue siendo una tradición celosamente mantenida por los
    propietarios de los cármenes: aunque el jardín ha ido ganando espacio en el
    tiempo, siempre queda un rincón de huerta, y un emparrado con buenas uvas, y
    multitud de árboles frutales. Refrán: «El que no ha visto Granada, no ha visto nada».
    A partir de la conquista de Granada, y más precisamente con los gustos de
    los Habsburgos por el estilo barroco, el jardín hispanomusulmán desapareció de
    los horizontes rápidamente: «No menos serio fue la italianización de los palacios y
    jardines bajo las influencias del Renacimiento, en un proceso que arrasó la tradición
    aborigen en menos de un siglo» (James Dickie ¾Yaqub Zaki¿: ¾The Hispano Arab-
    Garden. Notes Towards a Typology¿, en Salma Khadra Jayyusi (ed.): The Legacy
    of Muslim Spain, 2 vols., Leiden, 1994, Vol. II, pp. 1016-1035).
    La tradición persa. del chahar bagh (jardín cuatripartito o crucero dividido
    mediante canales que simbolizan los cuatro ríos del Paraíso islámico), cuya parte
    central está ocupada por una construcción del tipo hasht behesht (literalmente en
    persa, »Ocho Paraísos¼: pabellón radialmente simétrico generalmente octogonal,
    con una estancia central de dos pisos), pretendiendo emular el Paraíso islámico,
    tiene sus orígenes en el legado de la Persia antigua.
    «Ciro el Grande, fundador de la dinastía de los aqueménidas, había plantado ya en
    Pasargada un extenso jardín dividido por canalillos de piedra, dispuestos según una planta
    octogonal y destinados al riego de los árboles y plantas ornamentales. Se trataba de
    canalizaciones a cielo abierto semejantes a las que hallaremos, diecinueve siglos después, en
    el Patio de los Leones. Jenofonte, que participó con un contingente d mercenarios griegos en
    el intento de Ciro el Joven de tomar el poder en Persia, introdujo en la lengua griega la
    palabra Paraíso (paradeisos), que se aplicaba, a la sazón, a aquellos suntuosos jardines
    principescos del Asia Menor y del Próximo Oriente. (…) En las religiones de salvación, el
    jardín, concebido como imagen del Paraíso, ve cómo transciende su función. Ya no se
    confunde este Edén, prometido a los elegidos, con los melancólicos Campos Elíseos de la
    Antigüedad. Después de los cristianos de los primeros siglos, que no ahondan en demasía
    en la representación de ese otro mundo que se les promete a los elegidos, el Corán convierte
    el paraíso en la recompensa de los justos y valientes (II, 22 y XXXVII, 40-43)¼ (Henry y
    Anne Stierlin: Alhambra, M. Moleiro Editor, Barcelona, 1992, pp. 173-174).
    El soberano safaví Abbás I el Grande (1571-1629), cuando emprendió la
    reordenación de la ciudad de Isfahán, concibió el esquema de un gran parque, los »cuatro jardines¼ (char-bagh en persa), con pabellones y palacios.
    Las »alfombras-jardín¼ contemporáneas constituyen un testimonio de esta
    permanencia (cfr. A.M. Kervokian y J.P. Sicre.: Le jardin du désir, sept siècles de
    peinture persane, Phébus, París, 1983). Jean Baptiste Tavernier (1605-1689) que
    viajó por Turquía, Palestina, India, Sumatra y Java, estuvo en la ciudad persa de
    Isfahán en 1664, y comprobó que tenía la misma extensión que París, pero era diez
    veces menos populosa, pues cada familia tenía su propia casa con jardín y había
    tantos árboles que «más parecía un bosque que una ciudad» (cfr. Le Six Voyages de
    Jean-Baptiste Tavernier, París, 1681).
    La importancia del jardín en la civilización persa es evidente en la lengua
    donde encontramos una innumerable cantidad de términos que son sinónimos de
    jardin: bagh (prado florido), bostán (vergel fragante), golestán (rosaleda), etc.
    La sociología persa de las plantas
    La jardinería persa tuvo un rol preponderante en la evolución de la botánica
    islámica. Un hábito genuino de esta tradición milenaria consistía en podar los
    retoños o sierpes hasta la misma copa del árbol a fin de que, al acumularse aquí el
    follaje, ganase en esbeltez y nobleza de estampa, al mismo tiempo que se le
    infundía un cierto aire de refinamiento, inequívoco de civilización tan culta y
    peculiar.
    Los persas distribuían sabiamente, como en un tapiz las manchas de color,
    las flores en los parterres, distinguiendo entre ellas, a imagen de las constelaciones
    terrestres, las anémonas, caisímones, egipanes, clemátides, ampelis, heliantos,
    leucantemos, ásteres, diamelas, y otras más exóticas aun que ellos llamaron sidr
    (loto) y falh (acacia mimosa).
    Entre los árboles veneraron el mítico arak (árbol de cólquidos), los ban
    (mencionados en las inscripciones de la Alhambra), al mismo tiempo que el panjí
    (árbol del Paraíso), el natey (especie de palmera), el mirobaláno y el cinamomo (de
    cuya raíz extraían el jenjibre), además del almez, la catalpa, el ailanto y el nogal. A
    semejanza de los druidas, los persas creyeron que en cada árbol habitaba un genio,
    y que cuando se secaba era porque éste, como el alma al cuerpo, lo había
    abandonado.
    Los musulmanes de los primeros siglos del Islam intuyeron, asimismo, lo
    que actualmente conocemos por »sociología de las plantas¼, es decir, la afinidad
    magnética entre ellas mismas, de modo que se cuidaban de sembrar en un mismo
    arriate plantas de distinta familia, cuyos perfumes y pólenes no fuesen
    homogéneos.
    Iban incluso más lejos: sabedores de que ciertos pájaros muestran
    inclinación por determinados árboles, así la golondrina por el ciprés y el ruiseñor
    por el almendro, y de que los cánticos de las aves influyen en el metabolismo de las
    plantas, conforme a la hipersensorialidad que se ha podido observar en el mundo
    vegetal, tenían también muy presente el árbol que iba a dar sombra a las flores con
    el fin de que hubiese afinidad perfecta, no ya entre árboles y flores, sino entre éstas

    y el cántico de los pájaros, por lo que las rosas, vaya como ejemplo, aparecían junto
    a los almendros y los lirios cerca de los cipreses, justo como espontáneamente se
    ofrecen en la Naturaleza.
    El granado y el naranjo
    El granado llamado »el fruto del rubí¼, es originario de Irán donde incluso
    crece silvestre. El jardín persa tiene como excelencia entre sus especies frutales al
    granado y su fruta, la granada (en persa annar) está considerada como la más
    recomendable para los humanos en la tradición islámica. Un hadiz del Profeta
    Muhammad nos recomienda: «Cuidad del granado; comed la granada, pues ella
    desvanece todo rencor y envidia».
    El naranjo es otro árbol frutal muy ponderado en la jardinería persa y
    musulmana en general. La antigua ciudad de Yiroft, también llamada Shahr-i
    Dakiyanus (en el suroeste de Irán), quizá deba su nombre a este árbol. Antes del
    abandono de la misma a causa de las devastadoras invasiones de los mongoles
    durante los siglos XIII y XIV, existían unos espléndidos jardines de cítricos.
    El jardín otomano
    En el Imperio otomano, los jardines combinaran la tradición persa con la de
    los jardines bizantinos, caracterizados por unas formas ornamentales en las que se
    utilizaban los mármoles de color, los mosaicos y los parterres de flores. En el
    palacio de Topkapi (hoy convertido en museo), erigido en Istanbul (de la expresión
    griega stín pólis, ¾hacia la ciudad¿, luego arabizada) a partir de la segunda mitad
    del siglo XV, se dispusieron numerosos jardines de mediana extensión, con
    surtidores hidráulicos, y entreverados de elegantes pabellones de mármol con los
    muros revestidos de estucos, mocárabes y cerámicas policromas.
    Paradójicamente, un embajador otomano ante la corte de Luis XV, Mehmet
    Yirmisekiz Çelebi, que permaneció en París entre 1720-1721, al recorrer
    personalmente los hermosos jardines del Palacio Trianón de Versailles, hizo una
    declaración que es más una confesión de fe que una apreciación botánica: «Este
    mundo es la prisión de los creyentes y el paraíso de los no creyentes» (Bernard Lewis: The
    Muslim Discovery of Europe, Orion Books, Londres, 1994, p. 239).
    Mas a pesar de esto, Yirmisekiz Çelebi cumplió con las instrucciones
    recibidas del Gran Visir Damad Ibrahim Pashá (1718-1730) que estaba
    construyendo un hermoso palacio de placer denominado SaÀdabat (Lugar de la
    felicidad) en Estambul para su soberano, el sultán Ahmet III. Los bocetos de
    Versailles y Fontainbleau traídos de París por Yirmisekiz Çelebi fueron usados
    como modelos y el edificio principal del palacio se rodeó por los pabellones lujosos
    así como de numerosas estatuas, baños, jardines y fuentes.
    Los jardines del SaÀdabat se diseñaron pródigos y extravagantes, y se
    cultivaron los tulipanes sobre todo. El interés por esta flor por parte de Ahmet III y
    su corte hizo que este período de la historia otomana se denominara Laleh Devrí
    (Era de los Tulipanes). En esa época como en otras anteriores, el jardín otomano
    tiene huertos (como el andalusí) y los secretos hortícolas son cuidadosamente
    guardados por los bostancis (jardineros; de bostán, palabra de origen persa
    incorporada al árabe y al turco que significa ¾vergel fragante¿) del palacio. Entre
    los distintos regimientos del cuerpo de elite de los jenízaros (la guardia de corps
    del sultán) estaba el de los bostancis o jardineros del palacio que además de
    ocuparse del cuidado y mantenimiento de plantas y flores, patrullaban
    celosamente los jardines y patios del palacio de Topkapi.
    Un capítulo aparte fueron las fiestas de la corte otomana en el jardín que
    incluyeron certámenes de lucha, destrezas, recitales de música y poesía,
    exhibiciones de fuegos artificales y muchos otros entretenimientos.
    Los jardines y kioskos del Topkapi
    El Palacio de Topkapi de Estambul, sede del sultanato otomano desde 1460
    hasta 1853, se compone de cuatro patios de diversas construcciones que recuerda la
    disposición de un campamento de la tribus nómadas turcas preislámicas.
    El cuarto y último de los patios del palacio de Topkapi, el Laleh Hané o
    ¾Jardín de los Tulipanes¿ consta de varios niveles y está salpicado de pabellones.
    En el nivel más elevado, en la esquina suroeste, un tramo de escalones conduce al
    ¾Pórtico de las Columnas¿, en forma de L, construido en la prolongación de la
    ¾Residencia del Manto de la Felicidad¿.
    En el eje de este ángulo hay un pilón de mármol . A un lado se encuentra el
    Reván Košk (Kiosko de Reván), un kiosko construido por el arquitecto Hoca Kasim
    para Murat IV quien quiso conmemorar con él la toma de Reván en 1636, la actual
    capital de Armenia, Ereván. El pabellón, en forma de cruz, está completamente
    cubierta de azulejos de Iznik (Nicea) en el interior, y de mármol en el exterior.
    Al otro lado del pilón se encuentra la Sunnet Odasi (Sala de la Circuncisión),
    construida por el sultán Ibrahim en 1642 para celebrar los ritos de circuncisión de
    su primer hijo, el futuro Mehmet IV.
    Igualmente el Bagdad Košk (Kiosco de Bagdad) fue edificado por el
    arquitecto Hasan Agá también por orden de Murat IV para conmemorar la toma
    de esa ciudad en 1638. Su tejado, obra maestra del género, está sostenido por una
    arcada de columnas de mármol repartidas en una planta cruciforme. Las columnas
    están coronadas por capiteles en forma de flor loto y las dovelas de los arcos están
    formadas por una alternancia de claves de mármol blanco y coloreado, con los
    bordes dentados imbricados entre sí. Los muros, tanto en el interior como en el
    exterior, están cubiertos de azulejos en los que predominan el banco y el azul.
    El Sofá Košk (Kiosco del Sofá) es un hermoso pabellón situado en el centro
    del jardín del cuarto patio. Fue construido a comienzos del siglo XVIII por Ahmet
    III y le servía probablemente de tribuna privada durante el famoso Festival de los
    Tulipanes que celebraba en sus jardines. En 1752, el edificio fue remodelado por
    Mahmut I, quien le confirió un estilo rococó.

    El Mayidiye Košk (Kiosco de Abdul Mayid), es el edificio más reciente del
    Topkapi, que construyó el arquitecto Sergis Balyan hacia 1840.
    El jardín mughal
    Los emperadores musulmanes mogoles que gobernaron el Indostán (1526-
    1858) ½de raza turca y lengua persa½ sobresalieron en la realización de jardines
    cuya geometría era aún tributaria de la de los parques persas »de los cuatro
    jardines¼: altos muros rodeaban los parterres cuadrados o geométricos,
    acondicionados en forma de terrazas escalonadas, y una serie de estanques poco
    profundos, con fuentes y surtidores artificiales, animaban las cruces de rectilíneas
    alamedas.
    Es muy conocida la miniatura de un manuscrito del siglo XVI en la que el
    fundador de la dinastía mughal, Zahiruddín Muhammad (1483-1530), llamado
    Babur (en persa, tigre), supervisa los trabajos de su jardín cuatripartito de
    Yalalabad (hoy Afganistán).
    Entre los más célebres jardines mogoles, destaca el de Nishat Bagh,
    realizado en 1625 en Cachemira, que se extiende sobre doce terrazas que, a su vez,
    representan los doce signos del zodíaco. Por su parte, el jardín Shalimar, de
    Lahore, realizado unos años más tarde, se extiende sobre tres terrazas.
    Véase sobre el particular los trabajos especializados de C.M. Villiers-Stuart:
    Gardens of the Great Mughals, Londres, 1913; S. Crowe y S. Haywood: The
    Gardens of Mughul India, Thames and Hudson, Londres, 1972; Elizabeth M.
    Moynihan: Paradise as a Garden in Persia and Mughal India, G. Brazillier, Nueva
    York, 1979).
    Para finalizar, no debemos olvidarnos de los Jardines Botánicos de Lal Bagh
    en la ciudad de Bangalore (Karnataka, India), construidos por el sultán deMysore,
    Haidar Alí Bahadur (1722-1782), y ampliados y renovados por su hijo Tipu Sultán
    (1750-1799) con mil ochocientas especies traídas de Persia, Mauricio, Maldivas y
    Francia (plantas exóticas y medicinales). Tienen una extensión de cien hectáreas en
    las que el visitante más indiferente no deja de quedar conmocionado ante la
    incomparable y exquisita diversidad de aromas y colores

    (Cfr. Ricardo H. S. Elía:
    La epopeya de Tipu Sultán, el Tigre de Mysore, revista El Mensaje del Islam, Nº 12, Buenos Aires, mayo 1996, pp. 4 a 26).
    fuente: Del libro CIVILIZACION DEL ISLAM

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